22 de agosto de 2012

Crónicas


Por Maro 
10.50 de un jueves. Línea B del subte, estación Malabia; frecuencia: 4,25 minutos. Abajo, los tiempos de viaje son más cortos que en la superficie, el mismo trayecto en la mitad de tiempo, al doble de costo. Sin ver el cielo se puede calcular la hora del día, basta con estimar cuanta gente hay en el andén. Media mañana no es hora pico y en el pozo sin ventilación, quince personas esperan el subte del lado que va hacia el centro porteño. Enfrente, apenas dos. Todos se desabrigan. A pesar de los ventiladores que cuelgan del techo, se respira una humedad sucia. Las carteras y los morrales van cruzados y al frente, igual que las mochilas. Uno de cada tres pasajeros tiene el celular en la mano. Uno de cada diez lee; como si necesitaran construir un entorno paralelo menos asfixiante. Eso, para los usuarios; para los que trabajan en la fosa del subte, la costumbre les limó los sentidos. Roberto maneja hace 35 años el mismo puesto de diarios, mismo andén, misma rutina. “Te acostumbrás a todo, a los carteristas, al mal humor de la hora pico, al ruido, a todo”, dice el hombre, sin dejar de mirar a un pibe que agarró una revista y la hojea lento. Después de devolver el saludo a tres personas que se apuran a subir al subte, dirá que, a lo único que no se acostumbra es a los paros. “El último –explicó el diariero- duró 10 días, me mató”.
Silvia, una encuestadora que releva las ventas en 20 puestos de diarios, cuatro de los cuales están en el recorrido de la línea B, asegura que si sigue subiendo el precio del pasaje, cada vez menos gente va  a tomar el subte. Según la empresa Metrovías, a partir de la inversión que se hizo para mejorar las instalaciones y el equipamiento, la  cantidad de pasajeros transportados aumentó un 104 %.Viajan por año 310 millones de pasajeros. Los subtes están todos llenos de Grafittis, a esta hora se pueden ver los dibujos porque no hay un muro humano alineado esperando para abordar. “A mí que no me vengan con que eso es arte”, dispara un hombre mayor que espera con el diario bajo el brazo.
18.30 estación Callao, frecuencia 2,57 minutos. Suena un silbato largo; todos empujan pero sólo un tercio de los pasajeros entra a la formación. Los demás quedan pegados al borde del andén. “Cada vez escucho menos; a esta hora es el infierno. Cuando cierro y salgo a la calle me queda el zumbido en la cabeza”, explica Sabrina la joven que atiende el kiosco a un paso de las vías. Las personas forman un bloque que empuja en una sola dirección. Uno de cada tres tiene el celular en la mano, uno de cada diez lleva algo para leer pero no puede hacerlo. Todos empujan para subir, sin esperar a que los de adentro bajen.
En el vagón, un chico juega a soltar su carpeta de dibujo y la gravedad no hace efecto: la carpeta queda “suspendida”, aprisionada entre la gente. “Le rogamos a los pasajeros que cuiden sus pertenencia ya que hay punguistas en la formación”, alerta por los parlantes una voz femenina de Metrovías. Todos hacen un movimiento forzado y toman sus cosas, todos menos dos turistas y el chico de la carpeta.

29 de junio de 2012

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2 de febrero de 2012

Duelo


La ciudad se va replegando. Las luces de la calle se encienden de a una con guiños parsimoniosos, como si no tuvieran ganas de trabajar. Los primeros fríos entumecen los gestos de los transeúntes y recluyen a los ancianos en sus casas mucho antes de que comience a oscurecer. Buenos Aires tiene esa humedad nostálgica que le da brillo a sus callecitas adoquinadas y a las cúpulas de los edificios más antiguos. Quien se atreva a mirarlas puede quedar prendido de las molduras. Los oficinistas mal trazados vuelven a sus hogares arrastrando el paso. Los negocios se preparan para bajar sus persianas, pero la pequeña librería queda en el pasaje de La Piedad, en uno de esos rincones en los que la ciudad conserva intacta la arquitectura, es la única que permanece abierta.

Las ventanas del local son pequeñas y esa es la razón por la que las lámparas permanecen encendidas todo el día. El dueño desatiende las agujas del reloj fascinado en la tarea que ocupa todas sus horas desde hace tres días. El anticuario trabaja en la restauración de un ejemplar de la Divina Comedia que data de 1894.
El espacio interior es más bien alargado, los muros laterales están revestidos por oscuras bibliotecas atiborradas de libros. En el fondo de la librería hay una gran estantería y una vitrina con objetos de colección. El anticuario ha heredado el negocio de su padre y este de su abuelo, todos ellos eruditos acerca de los temas religiosos. Él, más que ningún otro miembro de la familia, tiene devoción por los incunables de la Biblia y otros manuscritos anteriores al año 1501. El resto de los libros son una mera excusa para mantenerse en el negocio de las antigüedades.

Un rumor llega desde la calle. Un grupo de jóvenes corre por el pasaje y alguien les grita. En el segundo piso del edificio contiguo, alguien cierra con violencia una ventana y se escucha el ladrido de un perro a lo lejos, un eco entrecortado de animal viejo. El anticuario sigue inmerso en  la restauración hasta que la campanilla de la puerta le avisa que alguien acaba de entrar. Una corriente de aire frío se cuela, parecen suspiros helados de mujeronas olvidadas. Sólo entonces, dueño del local detiene la tarea por primera vez en horas. Suspendido el movimiento de sus manos, levanta la vista para descubrir, molesto, el rostro tirante y conocido del anciano que visita la librería por tercera vez esta semana. Lo ve avanzar sin prisa entre los estantes infinitos. Da la impresión de que le cuesta respirar el aire amarillento de la tienda. Camina un poco encorvado ignorando, una vez más, la presencia del anticuario quien lo sigue con la vista sin pronunciar palabra, es que cada vez que intentó ser atento y ofrecerle ayuda, el anciano sólo se limitó a hacerle un gesto despectivo agitando la mano en el aire, como pidiéndole que lo deje en paz, no se dignó siquiera a devolver el saludo, mucho menos a mirarlo.
     El anticuario intenta permanecer indiferente y continuar con la restauración. El sonido del reloj de pie vuelve a sonar y obliga al anciano a cubrirse las orejas; el anticuario sonríe y es que el desprecio de ese hombre le molesta de tal modo que no puede concentrarse en lo que hace, lo irrita su sola presencia. Cuando el sonido se disuelve entre los libros, el anciano se detiene. En un rincón, se inclina en busca de un libro y mira con cuidado el ejemplar robusto. Le acaricia el lomo antiguo y toma el pesado volumen de los significados todos.
     La curiosidad del anticuario es más fuerte que su disgusto y se levanta del mostrador para ver qué es lo que el viejo hace. El anciano se demora en la retiración de la tapa del libro, lo apoya sobre una de las mesas de clásicos y tras sus pequeños lentes parece leer los detalles de la edición. Recién entonces, el anticuario se acerca un poco más y le dice:
     -Si está interesado en los diccionarios antiguos tengo un ejemplar...
El anciano levanta la vista del libro pero no lo mira y vuelve a repetir el gesto de desprecio pero esta vez deja la mano suspendida en el aire para callar al anticuario. La cara del librero se vuelve de piedra, la vena en su frente se hace visible de manera espantosa.
     -No quisiera importunarlo pero tengo que cerrar. El dueño de la librería abandona su tono amable y camina con paso enérgico hacia la puerta.
El anciano vuelve al libro ignorando por completo lo que le dicen. El anticuario frunce los labios y encoje apenas el torso, como si una puntada filosa comenzara a corroerlo por dentro. Abre la puerta de un tirón y la campanilla se sacude frenética.
     -Puede volver mañana, ahora tengo que cerrar.
Erguido junto a la puerta siente el latir embravecido de su frente. El viejo no se inmuta, sigue sin quitarle la vista al libro.
 -¿Cuánto pide por este ejemplar?, pregunta el viejo al fin.
El anticuario entrecierra los ojos, aprieta con fuerza el picaporte y cierra la puerta en un golpe seco. Ni siquiera entonces el anciano lo mira. El librero saca un anotador de su bolsillo y escribe una cifra en el papel, lo arranca y lo deja sobre el libro que el anciano tiene abierto entre sus manos. El viejo toma el papel y lo acerca a sus ojos, lo dobla sin prisa y lo guarda en un bolsillo del saco; cierra el ejemplar y lo acaricia de nuevo. El anticuario sonríe victorioso, sabe que la cifra es un disparate y cuando está a punto de volver hacia la puerta para despedir al viejo, este toma el libro y se lo tiende.
     -Envuélvalo con cuidado, me lo llevo.
La sonrisa del anticuario desaparece. Incrédulo, toma el libro y camina hasta el mostrador, se siente confundido, duda acerca de la cantidad de ceros que acaba de escribir en el papel. El anciano saca su tarjeta de crédito dorada y se queda parado esperando que el librero termine de envolver el libro. El anticuario le hace firmar el comprobante y confirma la cifra abultada que escribió en el papel. Esa cifra es la venta de todo un mes.
     Cuando el anciano va a cruzar la puerta de la vieja librería, el anticuario intenta una última estocada.
     -¿Por qué paga una fortuna por un diccionario que no lo vale?
     -Usted no entiende, todavía no se dio cuenta que lo que acabo de comprar no es un simple diccionario antiguo.
     -¿De qué está hablando? Ese libro no vale ni una décima parte de lo que acaba de pagar por él.
     -Usted como librero es un pésimo anticuario.
     -No sólo le falta educación, también cordura, o quizás simplemente la soberbia le quitó la coherencia.

     -La soberbia es un gran pecado pero la ignorancia lo es más, no ve que lo que acabo de comprar no es el libro.
     -No desde luego, el precio indica que compró un buzón.
     -Por este buzón como usted dice, yo hubiera pagado varias veces más.
De pronto el anticuario siente un frío en la espalda, como si el anciano cobrara otra talla, otro semblante, como si se agigantara y él, se volviera muy pequeño. El anciano apenas gira sobre sus pasos y se detiene disfrutando el momento. Por primera vez lo mira a los ojos y el anticuario vuelve a sacudirse en un escalofrío.
     -Debería irme y dejarlo sumergido en su desconcierto, pero estoy de muy buen humor. Lo que acabo de comprar no es el diccionario, acabo de adquirir, el último ex libris perdido de Durero, un exquisito diseño, valuado en cifras excepcionales y es muy posible que la casa de subastas más antigua de Londres alcance un precio record por este lote. Debió haber prestado más atención a sus diccionarios, algunos valen más que los incunables que guarda en esa pretenciosa vitrina del fondo.
El anticuario intenta descreer lo que escucha pero todo su cuerpo le indica que el anciano dice la verdad. Lo ve salir victorioso de su local.

El reloj vuelve a sonar, las vibraciones se expande sobre todas las superficies y aplaca todos los sonidos, incluso los latidos del corazón del anticuario. El dueño de la librería apaga las luces y cierra el local. No volverá a abrir en muchos días.
La puerta suena vencida y la corriente de aire frío escapa hacia la noche.