6 de octubre de 2011

Cuando las voces callan


  1. Juana escuchaba voces en su cabeza. Dios le hablaba. Al principio la creyeron loca, después la vistieron de santa. La Doncella de Orleans era una mujer hermosa. No pocos se sentían conmovidos por su belleza, muchos la mal deseaban. Sin embargo, ella sólo vivía para luchar junto a las tropas de su Rey, El delfín. Quería llevarlos a la victoria que el mismo Dios le demandaba. No dudó en vestir armadura, en cortarse el pelo; no temió tomar cabalgadura ni hacerse de la espada que en sueños, Santa Catalina le reveló escondida tras su altar. Guió a su ejército, venció en gloriosas contiendas. La proclamaban la salvadora de Francia. Pero no hay bella sin bestia. Toda gloria tiene un precio, la victoria engendra la semilla de la venganza y el germen de la envidia. El arzobispo de Reims entre otros la alejaban del trono. La bestia, el demonio, en cualquiera de sus disfraces, puede incluso vestirse de miedo. Así, la primera derrota la hizo dudar, las voces callaban y pronto desaparecieron por completo. Su Rey y su ejército asumieron que ya no tenía protección divina. En batalla fue capturada por Felipe de Borgoña, su rescate nunca fue pagado por su Rey. La santa se convirtió para ellos en hechicera, una bruja seducida por el demonio. Incluso Juana se dejó arrastrar por la culpa, por la peor de las bestias nubló su juicio y la cubrió de locura. Por veinte mil libras fue comprada por el duque de Bedford. Pronto la santa se convirtió en una sombra. Todos la culparon por las derrotas.

-Sin Dios no hay cielo –le gritaban- ¡Que la quemen a la bruja, la hechicera, la prostituta!
Apenas tenía diecinueve años cuando ardió en la hoguera; nombró tres veces a Jesús, aferrada a un precario crucifijo que un temeroso soldado francés le había fabricado, pues temía a la ira de Dios.

m.s.v.v.
2011