17 de agosto de 2011

Tablas


“En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas.
También el jugador es prisionero de otro tablero de negras noche y blancos días.
Dios mueve el jugador y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás del Dios, la trama empieza?"
J. L. Borges



El amanecer lo encuentra desvelado sobre el tablero. Las líneas del plano fugan incongruentes. Afuera los sonidos se avivan y escalan. La calle se despierta y él apaga la lámpara de brazo retráctil. Se pregunta cuánto tiempo lleva soñando este sueño en el que nunca duerme porque apenas cierra los ojos, las líneas del puente que dibuja se convierten en otra cosa. Así lleva días sin poder terminar este trabajo que le encargaron desde Uruguay.
Dos orillas, dos márgenes que no se deciden a unirse por un simple puente. Excusas de lo más variadas se escuchan de ambos lados. Nadie quiere dar el primer paso, es como si los peones del tablero estuvieran a la espera de la mano que los guié.
Sus planos se desdibujan. Durante el día construye las vistas, los cortes y las perspectivas con su paralela incansable en la mesa de trabajo, pero cuando al fin se duerme las líneas pierden el ensamble y se recomponen formando otras estructuras: unas casas costeras, un complejo rivereño, un barco que huye hacia el horizonte escapando de la contienda entre los dos bordes separados por la corriente que desemboca en el mar.
Sólo le restan tres días para que venza el plazo de entrega. Siente que debería escapar. Dejar el departamento, el tablero y las líneas caprichosas de sus planos libradas a su suerte y ver qué ocurre. Pero está demasiado cansado para huir. Su cuerpo evidencia los primeros síntomas de agotamiento. Su columna no alcanza a estar erguida por completo y los ojos le arden en lo profundo cuando cierra sus párpados, le queman. En cada parpadeo ve una imagen rota, como diapositivas veladas, lanzadas a la pared por un proyector desvencijado. Parpadea y ve esa foto de su infancia que guarda dentro del libro de Le Corbusier, en la que está junto a su padre, sentados en la galería de la casa, rodeados de maderas, clavos y herramientas, y detrás se vislumbra el esqueleto aún endeble de lo que sería su casa del árbol. Otro parpadeo y la diapositiva imaginaria es ahora un auto retrato de su cumpleaños número veintidós, en el que está sentado de espaldas a la cámara bajo el cielo nocturno, mira hacia el horizonte en el que se alza luminosa la Torre Eiffel.

Se deja caer en el sillón e intenta dormir. Apenas cierra los ojos, las líneas del plano vuelven a jugar en su cabeza como si fuesen las piezas sueltas de un mecano, que tratan de componer una nueva forma. Sólo quiere hacerlas desaparecer de su mente exhausta y piensa en la partida de ajedrez que dejó inconclusa. Imagina las piezas, la reina certera, los oblicuos alfiles, los caballos esquivos, las imperturbables torres y los peones kamikazes. Se concentra en el damero en el que se enfrentan dos bandos, en una batalla que se inició hace dos años y que ha quedado estancada porque su oponente ha muerto. Puede identificar en ese estado de agónica melancolía la necesidad de terminar la partida.
Allí, tendido en el sillón de pequeño departamento, reconstruye con precisión los últimos movimientos. Era el turno de las negras, Torre G8. Así quedó detenida la partida a la mitad de su defensa siciliana. Decide seguir su imaginario juego y avanza Alfil blanco B4.
El día se deshace mientras él avanza sobre el tablero, toma las piezas negras y sostiene los embates que sabe, hubiera enfrentado. Al final, ambos colores ya diezmados, traban tablas.
Cuando despierta la noche ha vuelto y sobre el tablero los planos del puente están terminados. La firma que reza bajo el rótulo lleva el nombre de su padre y esta inscripción: “El tablero muestra el camino de las piezas pero el jugador las guía. ¿Qué mano invisible mueve al jugador detrás del tablero?

2 comentarios:

  1. Construido de forma estrategica, cada palabra esta exactamente donde tiene que estar. Me encanta!!!

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