9 de mayo de 2011

El Zurdo Flores


En memoria del Pibe Varela


Bajo la luz cancina del farol de la esquina lo vi venir. Arrastraba los tamangos, se movía lento, parecía encorvado bajo el peso de la pena. Esa es la última fotografía que me queda del Zurdo. Lo que pasó después, quién sabe, dicen tantas cosas...
Nos conocimos en el bar de la esquina una tarde en la que la humedad hacía dibujos raros en aire frío de Buenos Aires. El Turco me había dicho que Flores era el mejor tirando el box y yo quería volver a entrenar. El accidente del tranvía me había dejado medio rengo pero nadie jamás se atrevió a llamarme así, y yo sabía que no era por respeto sino por miedo a que les desfigurara la geta de una piña. Para eso habían servido los años de box y la única manera de mantenerlos a raya era volver a entrenar, aunque tuviera que estar parado en una gamba.
Me arrimé a la barra. El Zurdo me miró de costado y me dio la espalda; todas las mesas desaparecieron de mi vista. Le convidé un trago. Sin decir nada, inclinó apenas la cabeza a modo de agradecimiento. El trago se perdió en su garganta antes de que el Gaita pudiera terminar de tapar la botella de Bols.
Empezamos a entrenar al día siguiente. El Zurdo no me daba tregua; en el ring no hay piedad, -me decía. Me surtió muchas veces pero en buena ley. Una vez llegué a sangrarle la nariz y creo que ese día me gané su respeto. Él no se andaba con vueltas.
Una noche fuimos juntos a la milonga, se encontró con su minusa y ahí nomás, me presentó una piba que te desarmaba con la sonrisa. Una rubia de vestido ajustado en la cintura que enfarolaba al pasar. Yo no estaba para bailongos y la dejé lucirse con la gilada mientras la relojeaba desde la mesa. Ella no me sacaba los ojos de encima. En la milonga se lució como ninguna, era tan lindo verla que hasta la orquesta parecía atontada con sus firuletes, como si el arrabal todo suspirara lastimoso, en ese bandoneón que le silbaba bajito.
Al final nos fuimos los cuatro para la pensión del Zurdo. La piecita en la que vivía era un cubo que tenía el piso, las paredes de madera. Ahí adentro los sonidos tenía un eco asmático. Esa madrugada llegamos arrastrando una mamua importante. Pensé que nos íbamos a turnar en la catrera pero el Zurdo descorrió una cortina que separaba el catre de la cocina y le entró a su mina con tantas ganas que no nos quedó otra que hacer lo mismo. El batifondo retumbó en todos los cuartos de la pensión. Yo estaba un poco atontado por el escabio pero igual estuvimos cerca de desencolar la mesa del Zurdo. Creo que fue la única vez que lo escuché reírse a carcajadas, es que había una tana en la pensión que nos gritaba como loca ¡Figlio di Puttana! ¡porca miseria! -aullaba.
Un jueves al mes íbamos a Palermo, los burros habían sido un mal vicio para el Zurdo, pero cada tanto, necesitaba pararse en las gradas y elegir un favorito. Nunca volvió a apostar después de una biaba que lo dejó postrado un mes en el hospital, todo por culpa del escolazo –decía. A veces sólo entrábamos para ver la carrera principal y después enfilábamos rápido para el bar cantando bajito.
A los pocos meses de entrenamiento ya no me pesaba la gamba más corta; la lucía como una herida de guerra. Después de laburar en el banco, un par de días a la semana, le daba una mano al Zurdo con los pibes más chicos del gimnasio. Era una forma muda de agradecimiento porque el Zurdo me había devuelto la confianza.
Una tarde de verano una mina apareció en el bar buscando a Flores. Era una piba flaquita con cara de no haber comido por varios días. Lo esperó cuatro horas en la esquina apoyada en el cordón de la vereda; tenía una carta en la mano. La esquela era de la cuñada del Zurdo, le mandaba a la piba para que le diera techo y laburo. Resultó ser que la Rosita, así se llamaba, no era la sobrina sino la hija del Zurdo. Parece que el medio hermano del Zurdo sospechaba que la piba no era su hija y la madre, que era medio ladeada, tenía mido por la chica.
Nunca lo escuché quejarse, ni hacer un solo reproche sobre el paquete que le había caído como peludo de regalo, pero desde entonces, el Zurdo se fue apagando, no lastraba, no dormía, ya no pisaba la milonga ni las gradas de Palermo. Andaba siempre hecho un trapo sobre la barra del bar empinando el codo, como si algo le pesara hondo, muy hondo en el centro del pecho.
Una madrugada, a la vuelta del la milonga, bajo la luz cansina del farol lo vi venir arrastrando los tamangos. Después supe que me había estado esperando en el conventillo. Me cruzó un saludo desvencijado, una media sonrisa lastimosa y como yo andaba bien acompañado no me dijo nada y siguió de largo. La noche estaba oscura y el cielo parecía un pantano de culebras negras.
A la mañana siguiente, me despertó el Turco para decirme que lo velaban en la cochería de los Sapienzza. Me contó que se había batido con el hermano y que el cabrón lo acanaló con un filo a la altura de la garganta después que el zurdo le diera una biaba tremenda. Al cagón todavía lo busca la cana. De la Rosita tampoco se tuvo más noticias, las malas lenguas dicen que se escapó con la madre al Paraguay.
Yo lamento no haberle hecho el aguante esa noche al Zurdo, no haber sabido que necesitaba al menos un testigo que después, pudiera batir la justa sobre su muerte y así hacerle honor a su memoria.



m.s.v.v.
2011