27 de febrero de 2011

Invisible ceguera

“No existen las casualidades, ni siquiera el destino, todo es causa y efecto”, eso le dice el ciego de la armónica a otro ciego viejo que vende pañuelos de papel en la boca del subte. El de la armónica no usa bastón. Baja por las escaleras mecánicas y a medida que la tierra se lo va tragando, él levanta la cara hacia el sol como queriendo llevarse esa tibieza con él. Da intriga verlo tan sonriente, cada día, todos los días, en la misma estación de subterráneo, no supera los veinticuatro años, lleva unos pantalones anchos llenos de bolsillos, una remera negra, siempre son negras y el mismo buzo impecable con cierre y capucha en el que hunde las manos en mañanas frías como esta. El sol también se oscurece. Difícilmente alguien se de cuenta a simple vista que él no puede ver, salvo porque aquí abajo se deja puestos los lentes negros, o quizás noten que cuando alguien le habla, no dirige su mirada sino su oído derecho hacia la voz de su interlocutor. Se acomoda justo frente a las boleterías, se saca el buzo y lo anida en el piso formando una especie de canastita en la que deposita prolijamente un billete de diez, uno de cinco y varios de dos pesos; coloca un cartel que dice: “Que no te vea no te vuelve invisible”; saca la armónica y hace lo suyo. El sonido es meloso, envolvente y seduce. Pronto se va juntando gente a su alrededor. Las más generosas son las hembras, algunas dejan billetes grandes, las señoras mayores algo de comer, y las más jovencitas, flores, o pañuelos perfumados; hubo una que le dejó una vez una tarjetita en braille con apenas una docena de puntitos, parece ser que era su teléfono. Los tipos lo miran con recelo, algunos le hacen preguntas obvias como testeando que no simula su ceguera. Él siempre sonríe, y siempre le dejan algo, siempre. Un subte se detiene y el malón desaparece, pero una chica se queda inmóvil viéndolo amorosamente sin reparo sabiendo que él no puede verla, de pronto el ciego deja la armónica sonriendo hasta mostrar sus dientes perfectos y viene directo a mí, me compra un ramo de jazmines y me pregunta si la chica lo está mirando, le digo que sí, que cómo sabe, me dice que puede olerla todos los días antes de que se asome a la boca del subte. Vuelve sobre sus pasos y estira la mano ofreciéndole las flores, ella las toma sin decir nada mientras su carita se incendia. Él vuelva a la armónica y ella se sienta en el piso y se queda ahí escuchándolo hasta que se hace de noche y yo me voy pensando en el cartel de ciego, en una frase que provoque el mismo efecto o en la posibilidad de comprarme una armónica.

M.S.V.V.

25 de febrero de 2011

El universo según Eduardo


-Mirá, este es un Torx.
-Ah, es el que tiene punta de estrella.
-Siempre estás encontrando estrellas en todas partes vos.
-Yo no, el que lo inventó, que se debe haber llamado Torx porque sino debería ser destornillador estrella. Y ese Phillips, debería llamarse cruz y ese raro ¿cómo era?
-Triwing
-Parece nombre de un dibujito animado…
Eduardo sonríe, la sigue viendo pequeñita hasta que ella dispara pensamientos como ese y él vuelve a maravillarse. Son esos momentos en los que se da cuenta que él puede trascender en ella, dejar su rastro, enseñarle cosas inútiles que con los años serán los recuerdos que su nieta tenga del tiempo compartido.
-Entonces vamos a ponerles los nombres que vos quieras a nuestras herramientas y después nos vamos a juntar el pasto para los camellos ¿Qué te parece?
- Me parece bien lo de los nombres, ahora lo de pasto lo tenemos que charlar.
- ¿Qué pasa con el pasto de los camellos Minena?
- Pasa que nadie cree que haya un pasto especial para camellos y yo tampoco creo que coman pasto Abu.
-Pero si siempre que les dejamos el pasto junto al agua, no dejan nada…
-Es que no puede ser pasto porque ellos viven en el desierto, y ahí, no hay pasto.
-Entiendo, entonces si por ejemplo nosotros viajáramos a Japón, no comeríamos nada porque ellos comen pescado crudo, nos moriríamos de hambre…
-¿Vos me querés decir que ellos comen cualquier cosa para no morir de hambre?
-No, yo creo que ellos comen porque son camellos viajados y de cada lugar que visitan prueban cosas nuevas.
-¿Vos comiste pescado crudo alguna vez?
-No, nunca.
-¿Y comerías?
-Si voy a Japón, es posible…
-Eduardo, si cuando el churrasco está apenas rojo en el centro lo mandás volando a la cocina ¡ni loco comerías pescado crudo!
-Bueno, yo soy más mañero que los camellos, además no tengo pensado ir a Japón Minena.
-Pero fuiste a Grecia y comiste Pasticho…
-Pastitsio, pero más rico que el que hace tu abuela.
-¡Sh! Si te escucha nos deja sin bizcochuelo.
-Tenés razón, ya se siente el olorcito.
-¿Por qué será que lo hace sólo cuando llueve?
-Es un misterio, nadie sabe, pero por las dudas nadie pregunta, a ver si todavía se da cuenta y deja de hacerlo.
-Como con el pasto de los camellos, nadie pregunta, nadie dice nada por las dudas.
-¿Por las dudas de qué?
-De que no vuelvan el año siguiente.
-Siempre que tengas el deseo de que vengan y les dejes algo de comer, ellos vendrán trayendo a los reyes magos.
-Esos reyes que no se hacen viejos, como el del cuadro que me contaste…
-Sí como Dorian Gray…
-¿Alguien pintó a los reyes magos en un cuadro?
-Sí, hay muchas imágenes de los tres, y miles de figuras en todos los pesebres del mundo, pero en verdad ellos no envejecen porque justamente, son magos.
-¿Cómo tu amigo René, el de las cartas?
-No, René es un ilusionista, estos magos son eternos, como el mago de Oz.
-¿Cuándo vuelve de gira René? Prometiste llevarme a verlo al teatro…
-No lo sé, pero será pronto, además vos ya viste su espectáculo, acá en tu casa y eso es algo que no cualquiera puede contar.
-Sí, pero acá faltaba meteorología.
-¿Qué?
-Sí, faltaban las luces, la música, faltaba atmosferia…
-¡Ah! Faltaba clima…
- Eso…¿Cómo hace con las cartas? ¿Cómo hace con una sola mano para hacer que aparezcan y desaparezcan cuando él quiere?
- La verdad no tengo idea, pero ya no quiero averiguarlo, prefiero disfrutar de verlo sin preguntarme cómo lo hace.
-Que bueno sería hacer desaparecer algunas cosas…
-¿A quién querés desaparecer vos?
-A nadie Eduardo, decía nomás…
-Mirá, se están haciendo globos en los charcos de agua, mejor guardemos las herramientas.
-Está bien pero juguemos a contar de qué canaleta cae la próxima gota…
-Dale, pero sólo hasta que llame la abuela por segunda vez, a la tercera nos deja sin merienda.
Las horas parece multiplicarse y el universo todo podría entrar en esta galería. Minena podrá no ver el mundo entero, pero sabrá cómo imaginárselo cualquier tarde de lluvia, piensa Eduardo mientras la abraza en el escalón de la galería.
-La segunda canaleta, dice él.
-Yo la última, dice ella.


M.S.V.V

23 de febrero de 2011

Vuelo

Muriel abrió los ojos, giro su cuerpo sobre el colchón vencido y comprobó el vacío tibio que su hombre había dejado a su lado. Después los sonidos llevaron su mirada por el resquicio de la puerta entreabierta y pudo ver en la penumbra que él revolvía el baúl, lo hacía con avidez, como un conquistador que acaba de desembarcar en tierra virgen después de meses de tan sólo agua imbebible. Él se detuvo de pronto, miró hacia la cama y trató de atrapar lo que ella murmuraba sin saber si lo decía en sueños; volvió a mirar su desnudez como a través de un vidrio y comprendió que ya no eran los mismos, eran irremediablemente otros. Ella se incorporó en la cama, parecía percibir sus pensamientos, cómo si él se hubiese pronunciado en voz alta. Lo vio sacar del baúl unas fotografías, después se acercó a la ventana por la que la luz de la farola de la calle se escurría débil, cómo si estuviera a punto de extinguirse, exhausta. Ahí sentado, bajo ese reflejo, miró las fotos una vez más y lloró, lo hizo sin parpadear, hasta que ella vencida por la angustia, se puso de pie. No dijeron nada, era una de esas solemnidades tan intensas, tan llenas de vacío que ninguno atinó a acercarse. Comprendieron que la piel ya no necesitaría del alimento de la otra. Los dos lloraron en silencio, un silencio viciado y asfixiante, como si todos los sonidos hubiesen quedado atrapados en el aire de la habitación haciendo difícil respirar. Ella sintió ese pesar en el pecho, caminó hacia la ventana, un pequeño tragaluz, lo abrió, él la miró por última vez detrás de sus ojos opacos. Ella subió a la cornisa, aspiró hondo el frío de la noche y sucedió lo que tanto temía, le crecieron alas y por desesperación a que él la odiara, saltó por el tragaluz. Algunos obstinados no comprenderán jamás porqué Muriel eligió no desplegarlas.

M.S.V.V.

22 de febrero de 2011

Virgencitas Gastadas




Por boludo terminaste así. Todos los días lo mismo. Subir rápido, repartir con cara de hambre, mirarlos a los ojos, agarrar lo que te dan y pasar al otro vagón. Así de simple, así de rápido. Pero no, claro, vos siempre el mismo quilombero. Y sí, era divertido hacer que el Colo chivara su uniforme, sí, a mí también me divertía ver como se le mojaba la camisa de guarda mientras nos perseguía apurado y la gente se reía porque soplaba como un toro; para mí que tiene juanetes el Colo, siempre sacudiendo los pies. Pero eso era antes, cuando éramos más pendejos. Después de los diez ya nadie se divierte. Cuando estirás la mano con las estampitas miran para otro lado, se hacen los distraídos, como ese viejo, te acordás, el del maletín marrón que cuando nos veía venir se cambiaba de vagón, o la fruncida que dejaba la moneda de un peso en el asiento pero no quería agarrar la estampita y apretaba la trucha con asquito. Gente rara la del Mitre a la mañana. A lo mejor es como dice el Diente, que les da miedo tener la miseria cerca. A él sí que lo miran de costado, deben pensar que es un punga, viste que siempre anda todo nervioso frotándose las manos, nosotros porque lo junamos del barrio, que sino, también le esquivaríamos el bulto. Pero hijo de puta era el tipo que vendía en el tren, ese pedazo de mierda nos la tenía jurada, desde que lo madrugamos aquella vez y pasamos antes que él y nadie le compró nada. El reventado seguía envenenado. El Diente me dijo que abriéramos los ojos, pero vos pendejo de de mierda, haciéndote el vivo ¡si yo te digo bajá vos tenés que bajar boludo, por algo soy tu hermano mayor carajo! Yo tampoco esperaba ver al tipo tan temprano arrancando desde el último vagón, y el boludo del Colo justo ese día de franco. Yo le vi los ojos de cuervo, vi que se nos venía encima por eso te grité que bajaras, pero no, vos nada, en lugar de seguirme y bajar... ¿Por qué carajo lo hiciste pendejo? Por calentón de mierda, por agrandado, porque le conté al Diente que a veces de noche te meas, es que me sacaste con eso de botonearme que me gusta la hermana. Decí que no te creyó, que sino el Diente me mata. Igual no tenías que enfrentarte al tipo, yo ya sé que vos no tenés miedo, yo sé. Ahora me cuesta dormir, me viene a la cabeza todo el tiempo lo que pasó esa mañana, no puedo zafar cada noche es igual. La corrida en el tren, el tipo viniéndose encima nuestro con un palo en la mano, yo sacudiéndote para que corras, el tren enfilando la curva, vos puteando al tipo, y de pronto el furgón vacío, vos enredado con esos putos cordones desatados te me venís encima y el hijo de puta que levanta el palo en el aire para darnos un sacudón, después del golpe te vi caer como un trapo afanado en la cancha, como cuando nos corre la doce, despacito, los ojos muy abiertos de espalda a las vías manoteando el aire. Sentí los gritos y el ruido del metal de las ruedas frenando contra las vías y después, después la misma mierda que vimos tantas veces, la yuta, la vieja llorando, la gente mirona con cara de susto. Al tipo no lo vimos más, se borró del mapa el hijo de puta, andá a saber dónde se guardó, el Diente dice que si vuelve llama a la barra y lo hacen cagar. La que no deja de llorar es la vieja, pobre, ves boludo que siempre fuiste su preferido, vos no querías creer pero es así, posta. Será como siempre dice ella que es porque naciste en pleno invierno y que quedaste como flojito. Me costó volver al tren, llegaba al andén y no podía mover los pies, me quedaba clavado ahí y pasaba un tren y otro, y otro… El Colo no me pide más el boleto, y yo no lo hago correr, me mira con cara de perro callejero. Algunos me dan más que antes, el viejo choto del maletín sigue cambiando de vagón cuando me ve venir. Otros siguen mirando de costado pero igual me dan. Hay una señora, esa gordita cara de globo que se reía todo el tiempo ¿te acordás? cada vez que me ve llora y me hace llorar a mí pero yo me trago los mocos y estiro la mano. Ella siempre me da los caramelos como antes, ves, ahora te los traje para que no chilles. Te dejo acá los rojos y los azules que son los que más te gustan. Acá, sobre la tierra, con las flores de mamá. Ahora saco más que antes, será porque me dejaste solo, solo con las putas estampitas, estas virgencitas sucias, dobladitas y cansadas.

M.S.V.V.