6 de octubre de 2011

Cuando las voces callan


  1. Juana escuchaba voces en su cabeza. Dios le hablaba. Al principio la creyeron loca, después la vistieron de santa. La Doncella de Orleans era una mujer hermosa. No pocos se sentían conmovidos por su belleza, muchos la mal deseaban. Sin embargo, ella sólo vivía para luchar junto a las tropas de su Rey, El delfín. Quería llevarlos a la victoria que el mismo Dios le demandaba. No dudó en vestir armadura, en cortarse el pelo; no temió tomar cabalgadura ni hacerse de la espada que en sueños, Santa Catalina le reveló escondida tras su altar. Guió a su ejército, venció en gloriosas contiendas. La proclamaban la salvadora de Francia. Pero no hay bella sin bestia. Toda gloria tiene un precio, la victoria engendra la semilla de la venganza y el germen de la envidia. El arzobispo de Reims entre otros la alejaban del trono. La bestia, el demonio, en cualquiera de sus disfraces, puede incluso vestirse de miedo. Así, la primera derrota la hizo dudar, las voces callaban y pronto desaparecieron por completo. Su Rey y su ejército asumieron que ya no tenía protección divina. En batalla fue capturada por Felipe de Borgoña, su rescate nunca fue pagado por su Rey. La santa se convirtió para ellos en hechicera, una bruja seducida por el demonio. Incluso Juana se dejó arrastrar por la culpa, por la peor de las bestias nubló su juicio y la cubrió de locura. Por veinte mil libras fue comprada por el duque de Bedford. Pronto la santa se convirtió en una sombra. Todos la culparon por las derrotas.

-Sin Dios no hay cielo –le gritaban- ¡Que la quemen a la bruja, la hechicera, la prostituta!
Apenas tenía diecinueve años cuando ardió en la hoguera; nombró tres veces a Jesús, aferrada a un precario crucifijo que un temeroso soldado francés le había fabricado, pues temía a la ira de Dios.

m.s.v.v.
2011


17 de agosto de 2011

Tablas


“En su grave rincón, los jugadores rigen las lentas piezas.
También el jugador es prisionero de otro tablero de negras noche y blancos días.
Dios mueve el jugador y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás del Dios, la trama empieza?"
J. L. Borges



El amanecer lo encuentra desvelado sobre el tablero. Las líneas del plano fugan incongruentes. Afuera los sonidos se avivan y escalan. La calle se despierta y él apaga la lámpara de brazo retráctil. Se pregunta cuánto tiempo lleva soñando este sueño en el que nunca duerme porque apenas cierra los ojos, las líneas del puente que dibuja se convierten en otra cosa. Así lleva días sin poder terminar este trabajo que le encargaron desde Uruguay.
Dos orillas, dos márgenes que no se deciden a unirse por un simple puente. Excusas de lo más variadas se escuchan de ambos lados. Nadie quiere dar el primer paso, es como si los peones del tablero estuvieran a la espera de la mano que los guié.
Sus planos se desdibujan. Durante el día construye las vistas, los cortes y las perspectivas con su paralela incansable en la mesa de trabajo, pero cuando al fin se duerme las líneas pierden el ensamble y se recomponen formando otras estructuras: unas casas costeras, un complejo rivereño, un barco que huye hacia el horizonte escapando de la contienda entre los dos bordes separados por la corriente que desemboca en el mar.
Sólo le restan tres días para que venza el plazo de entrega. Siente que debería escapar. Dejar el departamento, el tablero y las líneas caprichosas de sus planos libradas a su suerte y ver qué ocurre. Pero está demasiado cansado para huir. Su cuerpo evidencia los primeros síntomas de agotamiento. Su columna no alcanza a estar erguida por completo y los ojos le arden en lo profundo cuando cierra sus párpados, le queman. En cada parpadeo ve una imagen rota, como diapositivas veladas, lanzadas a la pared por un proyector desvencijado. Parpadea y ve esa foto de su infancia que guarda dentro del libro de Le Corbusier, en la que está junto a su padre, sentados en la galería de la casa, rodeados de maderas, clavos y herramientas, y detrás se vislumbra el esqueleto aún endeble de lo que sería su casa del árbol. Otro parpadeo y la diapositiva imaginaria es ahora un auto retrato de su cumpleaños número veintidós, en el que está sentado de espaldas a la cámara bajo el cielo nocturno, mira hacia el horizonte en el que se alza luminosa la Torre Eiffel.

Se deja caer en el sillón e intenta dormir. Apenas cierra los ojos, las líneas del plano vuelven a jugar en su cabeza como si fuesen las piezas sueltas de un mecano, que tratan de componer una nueva forma. Sólo quiere hacerlas desaparecer de su mente exhausta y piensa en la partida de ajedrez que dejó inconclusa. Imagina las piezas, la reina certera, los oblicuos alfiles, los caballos esquivos, las imperturbables torres y los peones kamikazes. Se concentra en el damero en el que se enfrentan dos bandos, en una batalla que se inició hace dos años y que ha quedado estancada porque su oponente ha muerto. Puede identificar en ese estado de agónica melancolía la necesidad de terminar la partida.
Allí, tendido en el sillón de pequeño departamento, reconstruye con precisión los últimos movimientos. Era el turno de las negras, Torre G8. Así quedó detenida la partida a la mitad de su defensa siciliana. Decide seguir su imaginario juego y avanza Alfil blanco B4.
El día se deshace mientras él avanza sobre el tablero, toma las piezas negras y sostiene los embates que sabe, hubiera enfrentado. Al final, ambos colores ya diezmados, traban tablas.
Cuando despierta la noche ha vuelto y sobre el tablero los planos del puente están terminados. La firma que reza bajo el rótulo lleva el nombre de su padre y esta inscripción: “El tablero muestra el camino de las piezas pero el jugador las guía. ¿Qué mano invisible mueve al jugador detrás del tablero?

9 de mayo de 2011

El Zurdo Flores


En memoria del Pibe Varela


Bajo la luz cancina del farol de la esquina lo vi venir. Arrastraba los tamangos, se movía lento, parecía encorvado bajo el peso de la pena. Esa es la última fotografía que me queda del Zurdo. Lo que pasó después, quién sabe, dicen tantas cosas...
Nos conocimos en el bar de la esquina una tarde en la que la humedad hacía dibujos raros en aire frío de Buenos Aires. El Turco me había dicho que Flores era el mejor tirando el box y yo quería volver a entrenar. El accidente del tranvía me había dejado medio rengo pero nadie jamás se atrevió a llamarme así, y yo sabía que no era por respeto sino por miedo a que les desfigurara la geta de una piña. Para eso habían servido los años de box y la única manera de mantenerlos a raya era volver a entrenar, aunque tuviera que estar parado en una gamba.
Me arrimé a la barra. El Zurdo me miró de costado y me dio la espalda; todas las mesas desaparecieron de mi vista. Le convidé un trago. Sin decir nada, inclinó apenas la cabeza a modo de agradecimiento. El trago se perdió en su garganta antes de que el Gaita pudiera terminar de tapar la botella de Bols.
Empezamos a entrenar al día siguiente. El Zurdo no me daba tregua; en el ring no hay piedad, -me decía. Me surtió muchas veces pero en buena ley. Una vez llegué a sangrarle la nariz y creo que ese día me gané su respeto. Él no se andaba con vueltas.
Una noche fuimos juntos a la milonga, se encontró con su minusa y ahí nomás, me presentó una piba que te desarmaba con la sonrisa. Una rubia de vestido ajustado en la cintura que enfarolaba al pasar. Yo no estaba para bailongos y la dejé lucirse con la gilada mientras la relojeaba desde la mesa. Ella no me sacaba los ojos de encima. En la milonga se lució como ninguna, era tan lindo verla que hasta la orquesta parecía atontada con sus firuletes, como si el arrabal todo suspirara lastimoso, en ese bandoneón que le silbaba bajito.
Al final nos fuimos los cuatro para la pensión del Zurdo. La piecita en la que vivía era un cubo que tenía el piso, las paredes de madera. Ahí adentro los sonidos tenía un eco asmático. Esa madrugada llegamos arrastrando una mamua importante. Pensé que nos íbamos a turnar en la catrera pero el Zurdo descorrió una cortina que separaba el catre de la cocina y le entró a su mina con tantas ganas que no nos quedó otra que hacer lo mismo. El batifondo retumbó en todos los cuartos de la pensión. Yo estaba un poco atontado por el escabio pero igual estuvimos cerca de desencolar la mesa del Zurdo. Creo que fue la única vez que lo escuché reírse a carcajadas, es que había una tana en la pensión que nos gritaba como loca ¡Figlio di Puttana! ¡porca miseria! -aullaba.
Un jueves al mes íbamos a Palermo, los burros habían sido un mal vicio para el Zurdo, pero cada tanto, necesitaba pararse en las gradas y elegir un favorito. Nunca volvió a apostar después de una biaba que lo dejó postrado un mes en el hospital, todo por culpa del escolazo –decía. A veces sólo entrábamos para ver la carrera principal y después enfilábamos rápido para el bar cantando bajito.
A los pocos meses de entrenamiento ya no me pesaba la gamba más corta; la lucía como una herida de guerra. Después de laburar en el banco, un par de días a la semana, le daba una mano al Zurdo con los pibes más chicos del gimnasio. Era una forma muda de agradecimiento porque el Zurdo me había devuelto la confianza.
Una tarde de verano una mina apareció en el bar buscando a Flores. Era una piba flaquita con cara de no haber comido por varios días. Lo esperó cuatro horas en la esquina apoyada en el cordón de la vereda; tenía una carta en la mano. La esquela era de la cuñada del Zurdo, le mandaba a la piba para que le diera techo y laburo. Resultó ser que la Rosita, así se llamaba, no era la sobrina sino la hija del Zurdo. Parece que el medio hermano del Zurdo sospechaba que la piba no era su hija y la madre, que era medio ladeada, tenía mido por la chica.
Nunca lo escuché quejarse, ni hacer un solo reproche sobre el paquete que le había caído como peludo de regalo, pero desde entonces, el Zurdo se fue apagando, no lastraba, no dormía, ya no pisaba la milonga ni las gradas de Palermo. Andaba siempre hecho un trapo sobre la barra del bar empinando el codo, como si algo le pesara hondo, muy hondo en el centro del pecho.
Una madrugada, a la vuelta del la milonga, bajo la luz cansina del farol lo vi venir arrastrando los tamangos. Después supe que me había estado esperando en el conventillo. Me cruzó un saludo desvencijado, una media sonrisa lastimosa y como yo andaba bien acompañado no me dijo nada y siguió de largo. La noche estaba oscura y el cielo parecía un pantano de culebras negras.
A la mañana siguiente, me despertó el Turco para decirme que lo velaban en la cochería de los Sapienzza. Me contó que se había batido con el hermano y que el cabrón lo acanaló con un filo a la altura de la garganta después que el zurdo le diera una biaba tremenda. Al cagón todavía lo busca la cana. De la Rosita tampoco se tuvo más noticias, las malas lenguas dicen que se escapó con la madre al Paraguay.
Yo lamento no haberle hecho el aguante esa noche al Zurdo, no haber sabido que necesitaba al menos un testigo que después, pudiera batir la justa sobre su muerte y así hacerle honor a su memoria.



m.s.v.v.
2011

17 de marzo de 2011

Identikit


Todos los viajes encierrran una búsqueda, y todos, tarde o temprano, hacemos de nuestra vida un viaje o escribimos "La novela de dos centavos". Lamento que no lo hayas conocido, hay mucho de él en vos aunque me digas que al ver su retrato sólo ves "Un extraño en el espejo"; al final, lo reconocerás . Para quien lleva la mitad de su vida buscando "El lugar del padre", será dificil ver más allá de los "Retazos de un Bastardo". Fue "El maestro de esgrima" de todos los hombres que ves ahí reunidos, y entiendo que no hayas preferido ignorar las historias de su vida junto a "La mujer del maestro", allá, "Al sur de la frontera, al oeste del sol", sin embargo, esos fueron "Cuentos de los años felices". Antes de que la conociera, su vida no fue otra cosa que "La gesta del marrano", llena de "Crímenes imperceptibles". Por entonces tu padre no era más que "La sombra del viento",era "El hombre duplicado" todos eramos hombres calcados en aquellos años oscuros. Pasabamos las noche insomnes jugando a "La tabla de Flandes" como intentando huír de nuestras miserables vidas por un rato. Después, ella murió, y con ella se apagó "La sexta lámpara",su sexta esposa, la más amada, ella era quien lo rescataba de la locura. Lloró noches enteras hasta que de su alma se desprendieron "Mil grullas" y ya no volvió a ser el mismo, perdió la sonrisa,un día era para él "Cien años de soledad". No intento con esto justificar su abandono, pero debes saber que "El corazón del Tártaro" jamás se repuso, todo para él perdió sentido, significado, ya no podía recordar ni "El nombre de la rosa". Hasta que una noche, agobiado, me dijo: "Mañana digo basta". Supe entonces que "Las grietas de Jara" se habían vuelto heridas profundas. No tengas dudas, fue "Triste solitario y final", fue "La caida de la casa Husher". De eso hace hoy cuatro años, es sabido que después de tanto tiempo, "No velas a tus muertos". Cada aniversario es lo mismo, todos repiten que fue "El ahogado más hermoso del mundo"; para mí, sólo fue "La muerte como efecto secundario".

m.s.v.v.
marzo, 2011

27 de febrero de 2011

Invisible ceguera

“No existen las casualidades, ni siquiera el destino, todo es causa y efecto”, eso le dice el ciego de la armónica a otro ciego viejo que vende pañuelos de papel en la boca del subte. El de la armónica no usa bastón. Baja por las escaleras mecánicas y a medida que la tierra se lo va tragando, él levanta la cara hacia el sol como queriendo llevarse esa tibieza con él. Da intriga verlo tan sonriente, cada día, todos los días, en la misma estación de subterráneo, no supera los veinticuatro años, lleva unos pantalones anchos llenos de bolsillos, una remera negra, siempre son negras y el mismo buzo impecable con cierre y capucha en el que hunde las manos en mañanas frías como esta. El sol también se oscurece. Difícilmente alguien se de cuenta a simple vista que él no puede ver, salvo porque aquí abajo se deja puestos los lentes negros, o quizás noten que cuando alguien le habla, no dirige su mirada sino su oído derecho hacia la voz de su interlocutor. Se acomoda justo frente a las boleterías, se saca el buzo y lo anida en el piso formando una especie de canastita en la que deposita prolijamente un billete de diez, uno de cinco y varios de dos pesos; coloca un cartel que dice: “Que no te vea no te vuelve invisible”; saca la armónica y hace lo suyo. El sonido es meloso, envolvente y seduce. Pronto se va juntando gente a su alrededor. Las más generosas son las hembras, algunas dejan billetes grandes, las señoras mayores algo de comer, y las más jovencitas, flores, o pañuelos perfumados; hubo una que le dejó una vez una tarjetita en braille con apenas una docena de puntitos, parece ser que era su teléfono. Los tipos lo miran con recelo, algunos le hacen preguntas obvias como testeando que no simula su ceguera. Él siempre sonríe, y siempre le dejan algo, siempre. Un subte se detiene y el malón desaparece, pero una chica se queda inmóvil viéndolo amorosamente sin reparo sabiendo que él no puede verla, de pronto el ciego deja la armónica sonriendo hasta mostrar sus dientes perfectos y viene directo a mí, me compra un ramo de jazmines y me pregunta si la chica lo está mirando, le digo que sí, que cómo sabe, me dice que puede olerla todos los días antes de que se asome a la boca del subte. Vuelve sobre sus pasos y estira la mano ofreciéndole las flores, ella las toma sin decir nada mientras su carita se incendia. Él vuelva a la armónica y ella se sienta en el piso y se queda ahí escuchándolo hasta que se hace de noche y yo me voy pensando en el cartel de ciego, en una frase que provoque el mismo efecto o en la posibilidad de comprarme una armónica.

M.S.V.V.

25 de febrero de 2011

El universo según Eduardo


-Mirá, este es un Torx.
-Ah, es el que tiene punta de estrella.
-Siempre estás encontrando estrellas en todas partes vos.
-Yo no, el que lo inventó, que se debe haber llamado Torx porque sino debería ser destornillador estrella. Y ese Phillips, debería llamarse cruz y ese raro ¿cómo era?
-Triwing
-Parece nombre de un dibujito animado…
Eduardo sonríe, la sigue viendo pequeñita hasta que ella dispara pensamientos como ese y él vuelve a maravillarse. Son esos momentos en los que se da cuenta que él puede trascender en ella, dejar su rastro, enseñarle cosas inútiles que con los años serán los recuerdos que su nieta tenga del tiempo compartido.
-Entonces vamos a ponerles los nombres que vos quieras a nuestras herramientas y después nos vamos a juntar el pasto para los camellos ¿Qué te parece?
- Me parece bien lo de los nombres, ahora lo de pasto lo tenemos que charlar.
- ¿Qué pasa con el pasto de los camellos Minena?
- Pasa que nadie cree que haya un pasto especial para camellos y yo tampoco creo que coman pasto Abu.
-Pero si siempre que les dejamos el pasto junto al agua, no dejan nada…
-Es que no puede ser pasto porque ellos viven en el desierto, y ahí, no hay pasto.
-Entiendo, entonces si por ejemplo nosotros viajáramos a Japón, no comeríamos nada porque ellos comen pescado crudo, nos moriríamos de hambre…
-¿Vos me querés decir que ellos comen cualquier cosa para no morir de hambre?
-No, yo creo que ellos comen porque son camellos viajados y de cada lugar que visitan prueban cosas nuevas.
-¿Vos comiste pescado crudo alguna vez?
-No, nunca.
-¿Y comerías?
-Si voy a Japón, es posible…
-Eduardo, si cuando el churrasco está apenas rojo en el centro lo mandás volando a la cocina ¡ni loco comerías pescado crudo!
-Bueno, yo soy más mañero que los camellos, además no tengo pensado ir a Japón Minena.
-Pero fuiste a Grecia y comiste Pasticho…
-Pastitsio, pero más rico que el que hace tu abuela.
-¡Sh! Si te escucha nos deja sin bizcochuelo.
-Tenés razón, ya se siente el olorcito.
-¿Por qué será que lo hace sólo cuando llueve?
-Es un misterio, nadie sabe, pero por las dudas nadie pregunta, a ver si todavía se da cuenta y deja de hacerlo.
-Como con el pasto de los camellos, nadie pregunta, nadie dice nada por las dudas.
-¿Por las dudas de qué?
-De que no vuelvan el año siguiente.
-Siempre que tengas el deseo de que vengan y les dejes algo de comer, ellos vendrán trayendo a los reyes magos.
-Esos reyes que no se hacen viejos, como el del cuadro que me contaste…
-Sí como Dorian Gray…
-¿Alguien pintó a los reyes magos en un cuadro?
-Sí, hay muchas imágenes de los tres, y miles de figuras en todos los pesebres del mundo, pero en verdad ellos no envejecen porque justamente, son magos.
-¿Cómo tu amigo René, el de las cartas?
-No, René es un ilusionista, estos magos son eternos, como el mago de Oz.
-¿Cuándo vuelve de gira René? Prometiste llevarme a verlo al teatro…
-No lo sé, pero será pronto, además vos ya viste su espectáculo, acá en tu casa y eso es algo que no cualquiera puede contar.
-Sí, pero acá faltaba meteorología.
-¿Qué?
-Sí, faltaban las luces, la música, faltaba atmosferia…
-¡Ah! Faltaba clima…
- Eso…¿Cómo hace con las cartas? ¿Cómo hace con una sola mano para hacer que aparezcan y desaparezcan cuando él quiere?
- La verdad no tengo idea, pero ya no quiero averiguarlo, prefiero disfrutar de verlo sin preguntarme cómo lo hace.
-Que bueno sería hacer desaparecer algunas cosas…
-¿A quién querés desaparecer vos?
-A nadie Eduardo, decía nomás…
-Mirá, se están haciendo globos en los charcos de agua, mejor guardemos las herramientas.
-Está bien pero juguemos a contar de qué canaleta cae la próxima gota…
-Dale, pero sólo hasta que llame la abuela por segunda vez, a la tercera nos deja sin merienda.
Las horas parece multiplicarse y el universo todo podría entrar en esta galería. Minena podrá no ver el mundo entero, pero sabrá cómo imaginárselo cualquier tarde de lluvia, piensa Eduardo mientras la abraza en el escalón de la galería.
-La segunda canaleta, dice él.
-Yo la última, dice ella.


M.S.V.V

23 de febrero de 2011

Vuelo

Muriel abrió los ojos, giro su cuerpo sobre el colchón vencido y comprobó el vacío tibio que su hombre había dejado a su lado. Después los sonidos llevaron su mirada por el resquicio de la puerta entreabierta y pudo ver en la penumbra que él revolvía el baúl, lo hacía con avidez, como un conquistador que acaba de desembarcar en tierra virgen después de meses de tan sólo agua imbebible. Él se detuvo de pronto, miró hacia la cama y trató de atrapar lo que ella murmuraba sin saber si lo decía en sueños; volvió a mirar su desnudez como a través de un vidrio y comprendió que ya no eran los mismos, eran irremediablemente otros. Ella se incorporó en la cama, parecía percibir sus pensamientos, cómo si él se hubiese pronunciado en voz alta. Lo vio sacar del baúl unas fotografías, después se acercó a la ventana por la que la luz de la farola de la calle se escurría débil, cómo si estuviera a punto de extinguirse, exhausta. Ahí sentado, bajo ese reflejo, miró las fotos una vez más y lloró, lo hizo sin parpadear, hasta que ella vencida por la angustia, se puso de pie. No dijeron nada, era una de esas solemnidades tan intensas, tan llenas de vacío que ninguno atinó a acercarse. Comprendieron que la piel ya no necesitaría del alimento de la otra. Los dos lloraron en silencio, un silencio viciado y asfixiante, como si todos los sonidos hubiesen quedado atrapados en el aire de la habitación haciendo difícil respirar. Ella sintió ese pesar en el pecho, caminó hacia la ventana, un pequeño tragaluz, lo abrió, él la miró por última vez detrás de sus ojos opacos. Ella subió a la cornisa, aspiró hondo el frío de la noche y sucedió lo que tanto temía, le crecieron alas y por desesperación a que él la odiara, saltó por el tragaluz. Algunos obstinados no comprenderán jamás porqué Muriel eligió no desplegarlas.

M.S.V.V.

22 de febrero de 2011

Virgencitas Gastadas




Por boludo terminaste así. Todos los días lo mismo. Subir rápido, repartir con cara de hambre, mirarlos a los ojos, agarrar lo que te dan y pasar al otro vagón. Así de simple, así de rápido. Pero no, claro, vos siempre el mismo quilombero. Y sí, era divertido hacer que el Colo chivara su uniforme, sí, a mí también me divertía ver como se le mojaba la camisa de guarda mientras nos perseguía apurado y la gente se reía porque soplaba como un toro; para mí que tiene juanetes el Colo, siempre sacudiendo los pies. Pero eso era antes, cuando éramos más pendejos. Después de los diez ya nadie se divierte. Cuando estirás la mano con las estampitas miran para otro lado, se hacen los distraídos, como ese viejo, te acordás, el del maletín marrón que cuando nos veía venir se cambiaba de vagón, o la fruncida que dejaba la moneda de un peso en el asiento pero no quería agarrar la estampita y apretaba la trucha con asquito. Gente rara la del Mitre a la mañana. A lo mejor es como dice el Diente, que les da miedo tener la miseria cerca. A él sí que lo miran de costado, deben pensar que es un punga, viste que siempre anda todo nervioso frotándose las manos, nosotros porque lo junamos del barrio, que sino, también le esquivaríamos el bulto. Pero hijo de puta era el tipo que vendía en el tren, ese pedazo de mierda nos la tenía jurada, desde que lo madrugamos aquella vez y pasamos antes que él y nadie le compró nada. El reventado seguía envenenado. El Diente me dijo que abriéramos los ojos, pero vos pendejo de de mierda, haciéndote el vivo ¡si yo te digo bajá vos tenés que bajar boludo, por algo soy tu hermano mayor carajo! Yo tampoco esperaba ver al tipo tan temprano arrancando desde el último vagón, y el boludo del Colo justo ese día de franco. Yo le vi los ojos de cuervo, vi que se nos venía encima por eso te grité que bajaras, pero no, vos nada, en lugar de seguirme y bajar... ¿Por qué carajo lo hiciste pendejo? Por calentón de mierda, por agrandado, porque le conté al Diente que a veces de noche te meas, es que me sacaste con eso de botonearme que me gusta la hermana. Decí que no te creyó, que sino el Diente me mata. Igual no tenías que enfrentarte al tipo, yo ya sé que vos no tenés miedo, yo sé. Ahora me cuesta dormir, me viene a la cabeza todo el tiempo lo que pasó esa mañana, no puedo zafar cada noche es igual. La corrida en el tren, el tipo viniéndose encima nuestro con un palo en la mano, yo sacudiéndote para que corras, el tren enfilando la curva, vos puteando al tipo, y de pronto el furgón vacío, vos enredado con esos putos cordones desatados te me venís encima y el hijo de puta que levanta el palo en el aire para darnos un sacudón, después del golpe te vi caer como un trapo afanado en la cancha, como cuando nos corre la doce, despacito, los ojos muy abiertos de espalda a las vías manoteando el aire. Sentí los gritos y el ruido del metal de las ruedas frenando contra las vías y después, después la misma mierda que vimos tantas veces, la yuta, la vieja llorando, la gente mirona con cara de susto. Al tipo no lo vimos más, se borró del mapa el hijo de puta, andá a saber dónde se guardó, el Diente dice que si vuelve llama a la barra y lo hacen cagar. La que no deja de llorar es la vieja, pobre, ves boludo que siempre fuiste su preferido, vos no querías creer pero es así, posta. Será como siempre dice ella que es porque naciste en pleno invierno y que quedaste como flojito. Me costó volver al tren, llegaba al andén y no podía mover los pies, me quedaba clavado ahí y pasaba un tren y otro, y otro… El Colo no me pide más el boleto, y yo no lo hago correr, me mira con cara de perro callejero. Algunos me dan más que antes, el viejo choto del maletín sigue cambiando de vagón cuando me ve venir. Otros siguen mirando de costado pero igual me dan. Hay una señora, esa gordita cara de globo que se reía todo el tiempo ¿te acordás? cada vez que me ve llora y me hace llorar a mí pero yo me trago los mocos y estiro la mano. Ella siempre me da los caramelos como antes, ves, ahora te los traje para que no chilles. Te dejo acá los rojos y los azules que son los que más te gustan. Acá, sobre la tierra, con las flores de mamá. Ahora saco más que antes, será porque me dejaste solo, solo con las putas estampitas, estas virgencitas sucias, dobladitas y cansadas.

M.S.V.V.