29 de diciembre de 2010

Final de Chica Malbec


La noche avanza escondiendo el horizonte en su negrura. Termina el viernes y las callecitas de la ciudad antigua se van llenando de personas. En la costanera se reúnen los músicos quienes conservan resabios del candombe uruguayo. Ella decide caminar un rato antes de sentarse a cenar en la posada que está justo enfrente a la iglesia. No logra recordar con certeza si las calles que desaguan hacia las veredas son las portuguesas, si las que tienen el desagüe en el medio son las españolas o viceversa. Sólo sabe que su calle preferida es la de los suspiros, pero esta noche nada de encargos, esta noche es de vigilia. La tormenta le da tiempo. En el tablado de la esquina el mozo se acerca con su copa de vino Malbec. En el fondo del local, La Soleá, dos guitarras y un cajón peruano, se preparan para tocar. El percusionista es un hermoso ejemplar de hombros y brazos fabulosos –si hubiera tiempo- piensa, esta podría ser una noche de hermosos encuentros. Ella bebe, come unas tapas, lo mira sin filtros, sin reparo. El lugar se llena. Unas turistas cuarentonas gritan y ríen y se interponen entre las miradas con el del cajón peruano. Pide otra copa de vino, paga la cuenta y le susurra algo en el oído al moso. Se para, levanta la copa hacia los músicos que acaban de terminar su tercer tema y la deja intacta sobre la mesa. Se aleja despacio, como despidiéndose de ese lugar que adora. Cuando está en la rambla del Torreón, imagina la cara del músico en el momento en que el moso le diga que ella le dejó esa copa de vino porque lamenta no poder regalarle su última noche deshaciendo, juntos, la cama del hotel. La tormenta parece detenerse y se abre el cielo que deja entrever algunas luces, como si la noche estuviera indecisa. Camina costeando el río y una ráfaga imprevista de aire frío la hace temblar; el murallón que recibe las embestidas del río parece estremecerse también. Sube por la calle que lleva al faro. Desde la otra orilla, un barco zarpó hace media hora y se acerca.
Un grupo de jóvenes artesanos se reúne en las ruinas del ex-convento San Francisco Javier; alguien toca una guitarra con precioso talento, es un tema que conoce, que escuchó no hace mucho, ya recuerda: es Sacacorchos de 23 Cuerdas; se queda apoyada contra una pared en la sombra, los ve fumando y bebiendo; envidia profundamente esa libertad despreocupada de disfrutar sin importar lo que será de ellos esta noche, mañana, en un mes, en un año. Cierra los ojos se deja llevar por la música y recuerda cuando jugaban con su hermana y su padre a las escondidas en la casa grande, antes, mucho antes de la noche del robo, del incendio y del doble homicidio que la dejara sola en el mundo.
La noche vuelve a oscurecerse pero no tanto como para no distinguir las luces del barco que amarra en el puerto.
El tema termina, el grupo celebra, ella llora. Va hasta la entrada del faro, fuerza el candado de la puerta y comienza a subir los 120 escalones angostos y asfixiantes. Las paredes están húmedas o eso es lo que ella siente. La opresión en el pecho vuelve como un viejo vicio que duerme esperando un momento de debilidad para reaparecer. En el primer descanso se detiene un momento para recuperar su respiración asmática. Lo que le queda de recorrido hacia la parte más alta del faro se le hace claustrofóbico. Mira hacia arriba y comienza a hacer una lista mental de las cosas que le gusta, esas listas que hace cada vez que siente esta ansiedad, esta urgencia que le provoca ser perseguidora y perseguida. Piensa en el vino -su marca homicida- , piensa en las cuerdas de la guitarra que suena abajo, en el cajón peruano, en el mar de los acantilados de Rocha, en la biblioteca de su padre, en las luces bajo la lluvia en las callecitas de Brujas, en los jazmines sudando perfume en las tardes de calor. Sube sin detenerse, con el apuro de querer terminar algo que comenzó hace demasiado tiempo y para lo que ya no tiene fuerzas. Las paredes parecen angostarse a medida que sube y los escalones se alargan haciéndose más altos; el aire que no llega, y la lista, sí la lista de las imágenes sigue pero se va enturbiando, como el cielo, como el mar, como su destino; la última vez que le leyó un cuento a su hermanita, los vidrios estallando en la madrugada, los golpes, el primer disparo, el tipo irrumpiendo en el cuarto, el espejo de su cómoda astillado, el tajo bajo la oreja izquierda que le hizo al cretino antes de que la desmayara de un culatazo, las marcas en su cuerpo al despertar, su hermanita desparramada en el suelo, el fuego creciendo en la casa; cae de rodillas en los últimos escalones del faro, siente que todo se oscurece y tiene que sostenerse con fuerza para no desmayarse; el doble funeral vuelve a su cabeza, ella en el cementerio prometiendo venganza, ese es el último apunte de su lista. Se para y sale al gran balcón, respira hondo devorándose la noche, el aire del río y así, con lentitud, recupera el odio enfermo que la hace fuerte, entonces grita, le grita a su perseguidor, al asesino que viene en su búsqueda, a la vida cercenada que la desgarró, a esa grieta que se fue haciendo honda con cada asesinato y que hoy terminará de partirla en dos. Alguien al pie del faro la escucha, la sabe lista, ella se encargó de dejar las pistas para ser encontrada; el hombre del sobretodo y la cicatriz sube sin prisa los gastados 120 escalones. Las callecitas de Colonia se vacían, como si nadie quisiera ser testigo de lo que va a suceder en el faro, ese mismo en el que hace años, un sereno encontró la muerte en una mala maniobra del aceite con el que se encendía y murió envuelto en llamas.
El hombre del sobretodo sube sin detenerse y pronto alcanza los últimos peldaños. Ella lo espera sin miedo. El asesino se asoma, camina por el corredor circular hasta encontrarse con Chica Malbec.
-Terminemos con esto de una vez. –dice él sin ninguna expresión el rostro.
Ella lo mira a los ojos con un odio voraz y cuando está muy cerca, tanto como para oler ese perfume barato que le da náuseas, él saca un arma. Ella levanta los brazos y sostiene entre sus manos la cuerda invisible que uso tantas veces. Él se acerca otro poco.
-Admito la tentación de volver a saborearte un poco antes de matarte, pero no tengo tiempo para tus juegos.
Ella no dice nada, espera, sabe, el que se mueve muere. Él se acerca un poco más, le apoya la punta de la pistola en la garganta y la desliza hacia abajo abriéndole el escote. De pronto ella da un manotazo y empuja el arma al tiempo que salta sobre él y le envuelve el cuello con la cuerda; en el envión quedan los dos asomados al balcón altísimo. El tipo forcejea hasta que logra apoyarle el arma en el pecho, en ese momento él le dispara. La bala la atraviesa y por la corta distancia sale limpia por su espalda, lo que le da a ella un segundo de lucidez y con sus últimas fuerzas se tira encima de él y ambos caen hacia abajo. La distancia de los ciento veinte escalones se hace corta y pronto encuentran la muerte entre las ruinas del antiguo convento, sobre los adoquines de esa callecita, quizás portuguesa, quizás española.


Fin.