10 de septiembre de 2010

Chica Malbec - Grietas (2)

Un olor intenso crece, sí, la caída huele a seca madera incendiada, a pasto quemado, a humo asfixiante; aparecen las figuras de unos hombres discutiendo, los sonidos de un vidrio estallando, los fragmentos girando en formas irregulares por el aire a una velocidad deforme hasta que los filos se alineaban desafiantes, de pronto todo se detiene en seco y el miedo es horror, porque mucho más que el vértigo, la asusta la espera, aún ínfima del segundo previo a estallido, al fin millones de partículas diminutas que se esfumaban e el aire. Otra grieta, una lateral, se abre furiosa y la traga golpeándola violenta, una caída libre lateral en la que ya no puede sostener ninguna posición hasta que choca de espaldas contra un muro altísimo y el frío es mortal. Recién entonces, cuando piensa en la muerte, da contra el suelo. Sus huesos parecen llegar un instante después, cuando su espalda acusa el golpe que termina por despertarla. Una lamparita cancina titila sobre ella, tumbada junto a su cama, recupera la respiración, se sienta y ve los moretones en los brazos y en las piernas y piensa que de verdad esta vez estuvo cerca de que la mataran. Respetar las reglas, repite su cabeza como un mantra, respetar las reglas, nunca intentar resolver más de un encargo a la vez.

6 de septiembre de 2010

Chica Malbec - Grietas (1)



Corre desesperada, corre muy rápido pero no avanza casi nada. Siente la respiración de sus perseguidores, el aliento caliente en la nuca, un olor pestilente y nauseabundo le llega en ráfagas intermitentes. Las piernas se le contraen y los pinchazos que nacen en las plantas de los pies suben hasta los muslos. La callecita se va haciendo más y más angosta y los muros de ladrillo de los edificios son cada vez más altos, como si le fueran cerrándole el paso. Ninguna de las puertas de entrada a esos edificios idénticos tiene picaporte. La Jauría infrahumana que la persigue se acerca más y más y la callecita es ahora un pasillo de no más de un metro de ancho. Con los puños va golpeando las puertas que se repiten, todas iguales a ambos lados, todas clausuradas e indiferentes. Quiere gritar pero sabe que cuanto mayor es el miedo que demuestra, más fuertes y peligrosos se vuelven sus perseguidores. Tiene un ardor encendido en los pies y al mirarlos en la corrida se da cuenta que está descalza. Sigue con el pecho pegado a la columna y los hombros rozando las paredes. No logra ver hacia delante dónde todo termina, pero percibe que una sombra perseguidora está lanzándose sobre ella, y en el momento en que le va a caer encima, ella resbala por una grieta enorme y profunda, un pozo oscuro y húmedo, dónde todo es viscoso. Cierra los ojos y tiembla, por primera vez en años, desde la muerte de su hermana y de su padre. Se toma de las rodillas, se hace pequeña, casi un nudo en esa caída libre segura que pronto encontrará la muerte…