16 de julio de 2010

Bombones de Circe - Game Over



-¡Vos!-
-Sí, yo-
-Todo este tiempo fuiste vos.-
-Así es.-
-¿Y ahora qué?-
-Una vez dijiste: hay que matar el juego antes de que el juego muera.-
-¿Y eso que tiene que ver?-
-Ya no es divertido.-
-Entonces vas a matarme.-
-Voy a matar el juego.-
-Me vas a dejar.-
-Ya me fui.-
-No entiendo.-
-Yo fui la que le devolvió magia a tu vida de mierda y se hizo cómplice para que gozaras un poco, mientras ella recibía en la cama de ambos los beneficios de mi misteriosa presencia virtual.-
-Pero yo te amo a vos.-
-Exacto, por eso se volvió aburrido, cazada la presa ya no hay desafío.-
-Entonces vas a desaparecer.-
-Sí, yo y ella.-
-¿Ella?-
-Ella está muerta-
-¡Te volviste loca!-
-No, vos la involucraste en el juego, ella está muerta, yo maté al juego, y vos volvés a tu vida de mierda-

m.s.v.v.

Chica Malbec – Encargo




Se sienta en la barra de un bar, la noche se hace cómplice y eso le gusta; espera, ese es un don que fue construyendo con el tiempo, el Apple-Martini se agita y gravita hasta su copa delgada. La mujer entra y la busca por las mesas, la mujer es de las que jamás pensó en tomar una copa sola en la barra de un bar, ni ir sola al cine, ni manejar en una ruta sin más compañía que buena música; sin embargo, algo en común tienen, un hombre. No toma nada ni se sienta en la butaca, le deja un sobre, le susurra un nombre y se va. Lleva los ojos sin lágrimas pero siniestros, y es que ciertos odios que toman el cuerpo y son imposibles de esconder. Un nuevo trabajo, otra entrega. Termina su trago, se mira con el hombre que tiene al lado, hay tiempo, piensa, y sonríe.
-¿Querés otro o ya nos vamos? Él hace su intento, sabe que a una mujer que bebe sola en la barra, no anda con vueltas.
-Nos vamos. Le dice mirándolo divertida.
Se levanta y sale; él la sigue desconcertado, entre el miedo y la euforia; no tiene idea de lo que hace, pero la curiosidad y la belleza lo pueden. Quién no ha desoído alguna vez al instinto no sabe lo que es estar vivo.

5 de julio de 2010

Bombones de Circe - Desesperados


No duerme, no come, no ama, no nada. Anda en la oscuridad de la noche, arrastrando los pies en el barro de su alma. Él, encerrado en su cuartucho desgasta las paredes, se mastica las uñas, es un impotente rehén del miedo, pero miedo a qué se pregunta, a que no le guste, a que le guste demasiado, a enamorarse, a desilusionarse, a complicarse, a perderse… El miedo suele disfrazarse de múltiples interrogantes y así lo paraliza, como un idiota enjaulado, encerrado en su propio laberinto, sólo, infeliz. Sabe, las oportunidades se agotan, en algún momento ella dejará de insistir, algún otro se la llevará con mucho menos esfuerzo del que ella hace por acercarse a él; vencida por la inútil espera de que reaccione, alguien más saboreará sus mieles, porque es seguro que ella no dejará que se pongan rancias por la larga espera. Él lo sabe, presiente que el tiempo se extingue, que si se pierde el goce de tenerla sin tener que dar nada, se lamentará hasta arrancarse la cabeza. Suena el timbre, es ella, él tiembla; cobarde sigue inmóvil detrás de la puerta, puede olerla; apoya la cara contra la puerta y ella lo presiente, se enoja, golpea con el puño sin decir nada entonces él se agita y abre.
Ella lo mira sin aire, sin sonrisas de protocolo gastado, sin paciencia; él se hace a un lado para dejarla pasar y agacha la cabeza, y ese es el punto de quiebre, ella entiende, nunca va a moverse primero, se para frente a él, se acerca hasta que las agitadas respiraciones entrecortadas se rozan vulgares, el levanta la vista, ella no sonríe, no tiene tiempo, salta a su boca con urgencia, lo empuja contra la pared, y él despierta, no hay labios secos de preámbulo ni boca si lenguas, todo es ya profunda entrega, humedades instantáneas, frotes y aprietes sin control posible, sin ritmo, sin cadencia, es más bien un desgarrarse de hambrientos desesperados, y en esa lucha por saciar los apetitos, los dos se pierden, se abandonan, se entregan, se penetran, se lamen, se desquician. En un rato, tendidos en el suelo satisfechos, recuperarán la palabra y el aliento, pero siendo otros, distintos, sin miedo.
m.s.v.v.

Chica Malbec - Cuentas




Los árboles comienzan a sacudirse, mira al cielo y ve a los pájaros apurarse en un vuelo rasante, un perro también acelera el paso, saben, la tormenta los alcanzará en pocos minutos. Toma un taxi; el conductor la mira por el espejo retrovisor hasta que ella le devuelve por el mismo cristal una mirada asesina. El coche la deja a una cuadra y media. Todo lo que se escucha es el siseo del viento que crece sacudiendo los carteles y las ropas. Sube el cuello de su impermeable cuando las primeras gotas gruesas golpean en sus lentes oscuros. Camina pegada a la pared y sin siquiera titubear entra al edifico de la calle Coronel Díaz, donde el encargado se apura a poner la alfombra de hule sobre la carpeta de la recepción y no la registra. Sube por la escalera sin detenerse hasta el cuarto piso, apoya la oreja contra la puerta del B. Escucha pasos en su interior, pasos firmes de suelas de hombre. Fuerza la cerradura con dos ganzúas sin hacer el menor ruido. La puerta cede, el tipo está sentado viendo el noticiero con una cerveza en la mano. Cuando ya puede sentir su perfume carísimo de abogado exitoso, se da cuenta que aún tiene puestos sus lentes, y ella quiere que él la vea a los ojos. Se los quita, el tipo toma un sorbo helado, y cuando inclina la cabeza hacia atrás para empinar lata, la ve. Mucho antes de su sobresalto, ya tiene la cuerda tensa alrededor de su cuello, da manotazos en el aire pero ella lo vence con la fuerza voraz del odio; le susurra al oído sin soltarlo: -hola hijo de puta, te preguntás por qué, por Juana mi hermanita, la nena que atropellaste hace un año, esa que no viste porque una perra te la chupaba mientras ibas manejando empastado, no fue homicidio culposo y esto es justicia- Con las últimas convulsiones él entreabre la boca. Afloja la cuerda, la guarda, va hasta la cocina, elige el mejor Malbec de la alacena, lo abre, toma un buen sorbo, retiene algo de vino en su boca y camina hacia el sillón; se inclina sobre la cabeza del abogado y lo besa dándole de beber los restos del vino que guardaba en su boca; un beso de despedida, piensa, mientras apoya la botella sobre la mesa. Vuelve a ponerse sus lentes, cierra dulcemente la puerta, baja hasta la calle desierta y camina satisfecha bajo la tormenta.

m.s.v.v