29 de diciembre de 2010

Final de Chica Malbec


La noche avanza escondiendo el horizonte en su negrura. Termina el viernes y las callecitas de la ciudad antigua se van llenando de personas. En la costanera se reúnen los músicos quienes conservan resabios del candombe uruguayo. Ella decide caminar un rato antes de sentarse a cenar en la posada que está justo enfrente a la iglesia. No logra recordar con certeza si las calles que desaguan hacia las veredas son las portuguesas, si las que tienen el desagüe en el medio son las españolas o viceversa. Sólo sabe que su calle preferida es la de los suspiros, pero esta noche nada de encargos, esta noche es de vigilia. La tormenta le da tiempo. En el tablado de la esquina el mozo se acerca con su copa de vino Malbec. En el fondo del local, La Soleá, dos guitarras y un cajón peruano, se preparan para tocar. El percusionista es un hermoso ejemplar de hombros y brazos fabulosos –si hubiera tiempo- piensa, esta podría ser una noche de hermosos encuentros. Ella bebe, come unas tapas, lo mira sin filtros, sin reparo. El lugar se llena. Unas turistas cuarentonas gritan y ríen y se interponen entre las miradas con el del cajón peruano. Pide otra copa de vino, paga la cuenta y le susurra algo en el oído al moso. Se para, levanta la copa hacia los músicos que acaban de terminar su tercer tema y la deja intacta sobre la mesa. Se aleja despacio, como despidiéndose de ese lugar que adora. Cuando está en la rambla del Torreón, imagina la cara del músico en el momento en que el moso le diga que ella le dejó esa copa de vino porque lamenta no poder regalarle su última noche deshaciendo, juntos, la cama del hotel. La tormenta parece detenerse y se abre el cielo que deja entrever algunas luces, como si la noche estuviera indecisa. Camina costeando el río y una ráfaga imprevista de aire frío la hace temblar; el murallón que recibe las embestidas del río parece estremecerse también. Sube por la calle que lleva al faro. Desde la otra orilla, un barco zarpó hace media hora y se acerca.
Un grupo de jóvenes artesanos se reúne en las ruinas del ex-convento San Francisco Javier; alguien toca una guitarra con precioso talento, es un tema que conoce, que escuchó no hace mucho, ya recuerda: es Sacacorchos de 23 Cuerdas; se queda apoyada contra una pared en la sombra, los ve fumando y bebiendo; envidia profundamente esa libertad despreocupada de disfrutar sin importar lo que será de ellos esta noche, mañana, en un mes, en un año. Cierra los ojos se deja llevar por la música y recuerda cuando jugaban con su hermana y su padre a las escondidas en la casa grande, antes, mucho antes de la noche del robo, del incendio y del doble homicidio que la dejara sola en el mundo.
La noche vuelve a oscurecerse pero no tanto como para no distinguir las luces del barco que amarra en el puerto.
El tema termina, el grupo celebra, ella llora. Va hasta la entrada del faro, fuerza el candado de la puerta y comienza a subir los 120 escalones angostos y asfixiantes. Las paredes están húmedas o eso es lo que ella siente. La opresión en el pecho vuelve como un viejo vicio que duerme esperando un momento de debilidad para reaparecer. En el primer descanso se detiene un momento para recuperar su respiración asmática. Lo que le queda de recorrido hacia la parte más alta del faro se le hace claustrofóbico. Mira hacia arriba y comienza a hacer una lista mental de las cosas que le gusta, esas listas que hace cada vez que siente esta ansiedad, esta urgencia que le provoca ser perseguidora y perseguida. Piensa en el vino -su marca homicida- , piensa en las cuerdas de la guitarra que suena abajo, en el cajón peruano, en el mar de los acantilados de Rocha, en la biblioteca de su padre, en las luces bajo la lluvia en las callecitas de Brujas, en los jazmines sudando perfume en las tardes de calor. Sube sin detenerse, con el apuro de querer terminar algo que comenzó hace demasiado tiempo y para lo que ya no tiene fuerzas. Las paredes parecen angostarse a medida que sube y los escalones se alargan haciéndose más altos; el aire que no llega, y la lista, sí la lista de las imágenes sigue pero se va enturbiando, como el cielo, como el mar, como su destino; la última vez que le leyó un cuento a su hermanita, los vidrios estallando en la madrugada, los golpes, el primer disparo, el tipo irrumpiendo en el cuarto, el espejo de su cómoda astillado, el tajo bajo la oreja izquierda que le hizo al cretino antes de que la desmayara de un culatazo, las marcas en su cuerpo al despertar, su hermanita desparramada en el suelo, el fuego creciendo en la casa; cae de rodillas en los últimos escalones del faro, siente que todo se oscurece y tiene que sostenerse con fuerza para no desmayarse; el doble funeral vuelve a su cabeza, ella en el cementerio prometiendo venganza, ese es el último apunte de su lista. Se para y sale al gran balcón, respira hondo devorándose la noche, el aire del río y así, con lentitud, recupera el odio enfermo que la hace fuerte, entonces grita, le grita a su perseguidor, al asesino que viene en su búsqueda, a la vida cercenada que la desgarró, a esa grieta que se fue haciendo honda con cada asesinato y que hoy terminará de partirla en dos. Alguien al pie del faro la escucha, la sabe lista, ella se encargó de dejar las pistas para ser encontrada; el hombre del sobretodo y la cicatriz sube sin prisa los gastados 120 escalones. Las callecitas de Colonia se vacían, como si nadie quisiera ser testigo de lo que va a suceder en el faro, ese mismo en el que hace años, un sereno encontró la muerte en una mala maniobra del aceite con el que se encendía y murió envuelto en llamas.
El hombre del sobretodo sube sin detenerse y pronto alcanza los últimos peldaños. Ella lo espera sin miedo. El asesino se asoma, camina por el corredor circular hasta encontrarse con Chica Malbec.
-Terminemos con esto de una vez. –dice él sin ninguna expresión el rostro.
Ella lo mira a los ojos con un odio voraz y cuando está muy cerca, tanto como para oler ese perfume barato que le da náuseas, él saca un arma. Ella levanta los brazos y sostiene entre sus manos la cuerda invisible que uso tantas veces. Él se acerca otro poco.
-Admito la tentación de volver a saborearte un poco antes de matarte, pero no tengo tiempo para tus juegos.
Ella no dice nada, espera, sabe, el que se mueve muere. Él se acerca un poco más, le apoya la punta de la pistola en la garganta y la desliza hacia abajo abriéndole el escote. De pronto ella da un manotazo y empuja el arma al tiempo que salta sobre él y le envuelve el cuello con la cuerda; en el envión quedan los dos asomados al balcón altísimo. El tipo forcejea hasta que logra apoyarle el arma en el pecho, en ese momento él le dispara. La bala la atraviesa y por la corta distancia sale limpia por su espalda, lo que le da a ella un segundo de lucidez y con sus últimas fuerzas se tira encima de él y ambos caen hacia abajo. La distancia de los ciento veinte escalones se hace corta y pronto encuentran la muerte entre las ruinas del antiguo convento, sobre los adoquines de esa callecita, quizás portuguesa, quizás española.


Fin.

1 de noviembre de 2010

Chica Malbec - preludio final


Vuelve a la posada; una casa colonial restaurada en medio del barrio histórico. Su habitación está apartada del resto en el segundo piso y permanece, como siempre, oscura. Se sienta en la cama y vuelve a revisar el arma sabiendo que de nada le serviría, pero como si fuese un ansiolítico, la limpia con minucioso cuidado por largo rato.
Cuando el sol se alza entre las nubes en lo más alto, decide dormir, el día no fue hecho para ella, animal nocturno, noctámbula de nacimiento, la claridad la lastima. No habrá sueños esta vez, dormir significa reunir fuerzas. El río crece en furia y los barcos quedan anclados en ambas márgenes mientras el agua salvaje, castiga a latigazos la costa uruguaya. En la otra orilla, un hombre sonríe al cielo, sabe, deberá esperar un día más para liquidar su encargo, un largo encargo demorado por años. Cierra su piloto y sube el cuello del abrigo en torno a su garganta; la cicatriz bajo la oreja izquierda desaparece detrás de la ropa. Enciende un cigarrillo, no hay ansiedad, sólo disfruta el momento, como si esta demora imprevista, confirmara que está a punto de liquidar el juego, este juego que disfruta tanto desde hace años, de perseguidor perseguido. La tierra se sacude salvaje, ella despierta, como si pudiera sentir la mirada del hombre en la otra margen del ancho río. Se incorpora, descorre las cortinas y mira con fascinación hipnótica, el horizonte revuelto bajo el cielo funerario.

12 de octubre de 2010

Chica Malbec - frontera




Un bolso, una muda, un mp4 y la cámara de fotos, eso es todo. Cierra el departamento, desconecta el teléfono pero el día no amanece. En la siguiente esquina detiene un taxi que la lleva sin demoras a la terminal del puerto. Apenas un grupo de hombres dormidos se enfilan a desgano hacia la aduana. Sube al barco que cruza el río y en menos de una hora está en Colonia del Sacramento. Cuando las cosas se ponen densas, ese es el lugar para guardarse. Siempre la misma hostería, siempre con el pasaporte Uruguayo. La madrugada se alarga sobre el nuevo día, brumosa y agorera. El escalofrío en el cuerpo permanece como si los restos de la pesadilla premonitoria circularan aún por sus venas. En lo que dura el viaje no hace otra cosa que escuchar música, sentada en el la ultima butaca contra la ventana; sólo un par de veces abre los ojos para ver el río que le atrae y le da pavura. La terminal está vacía, pero pronto se llenará de turistas que están de paso por el fin de semana entre dos ciudades de bandera blanca y celeste. Ya camina sobre los adoquines hundidos de la calle de los suspiros, las primeras luces limpian el cielo, saca la cámara y comienza a disparar cuadro a cuadro, las mismas imágenes de siempre pero nuevas, como si intentara descubrir algo, ahí dónde todo se inició años atrás. La misma ventanita, la misma puerta verde, las mismas rejas coloniales, los mismos llamadores bruñidos, las mismas enredaderas y los mismos buzones enigmáticos. Sólo cambiaba la luz, la hora del día, pero las sombras y los colores cambian y revelan distintos estados, otras historias; A veces, tiene la esperanza de que bajo otra luz, la respuesta al fin se devele. De pronto, la puntada en la cien la sacude con violencia. Suelta la cámara y esta cuelga tajante de su cuello, lleva sus manos a la frente y la aprisiona con fuerza, tratando de detener el dolor filoso. Cada vez que vuelve, todo se repite, primero el dolor, después los recuerdos cercenados. Los gritos, los golpes, la tormenta. Se agacha contra la pared húmeda del antiguo prostíbulo sin soltarse la cabeza. Se concentra en su propia respiración tratando de llevar oxígeno a hacia la cien y poco a poco el dolor va cediendo. Lento se incorpora, baja hasta la costa y mira el río, algo se agitaba en el horizonte.

3 de octubre de 2010

Bombones de Circe - PecaRusita


Peca Rusita

Peca se inclinó sobre la mesa. El comisario Rodríguez no podía sacarle los ojos de encima. El inspector Torres, en cambio, sólo se enfocaba en hacerla hablar, pero sabía que con ella no había atajos, tenía que ir por el camino más largo.
-Volvamos al relato de los hechos, desde el comienzo y sin omitir nada- dijo el inspector sin darle tregua. Ella le habló al comisario Rodríguez como si Torres no existiera.
-Rodríguez, necesito un cigarrillo, hace ocho horas que me tienen en esta pocilga-
Rodríguez se levantó con una sonrisa babosa en los labios sabiendo que al acercarse tendría un mejor ángulo de su escote. Peca aspiró largamente el humo del cigarrillo y retuvo la mano del comisario un segundo más de lo necesario.
-Si ya terminaron -interrumpió el inspector- volvamos a las cero horas de hoy cuando usted salió de su domicilio y se subió al remis que habitualmente la lleva a lo de sus clientes ¿por qué decidió tomar el desvío del bajo si iba hacia el puerto?
-Ya le dije que le debía varios viajes al remisero y quiso que le saldara la deuda antes de arrancar la noche-
-¿Y entonces?
-Y entonces ¿Por qué mejor no se alquila una película porno detective? ¿No le alcanza con la declaración detallada que le firmé?
-Responda Peca-.
-Paramos bajo el puente, le dije que no había tiempo para un servicio completo así que fue algo rápido. Si quiere pruebas, para usted son trecientos pesos detective-
El comisario no pudo ocultar la sonrisa y el detective le ordenó que saliera a buscarle un café, entonces volvió sobre Peca.
-Eso le llevó no más de quince minuto, digamos que no fue la gran cosa, y desde ahí subieron por plaza Lezcano hasta las torres de Río Grande. ¿Puede decirme por qué en un edificio de máxima seguridad no hay registro de su ingreso?
- Porque mi cliente no quiere registros de las putas que lleva a su casa cuando la mujer está de viaje.
-Usted dijo que el señor Alcorta siempre la recibe en la terraza pero que esta vez no estaba ahí-
-Así es-
-¿Qué hizo entonces?-
-Lo llamé varias veces y como no contestaba empecé a buscarlo-
-Y le pareció que el primer lugar en el que lo encontraría era en la cocina…
-Tenía sed.
-¿Si tenía sed por qué no que no se tomó el trago que ya estaba preparado en la terraza?
-Tenía hambre-
-Desde luego ¿Qué pasó después?-
-Escuché un ruido en el piso de arriba, un golpe seco, me asomé a la escalera y un tipo bajó corriendo, me empujó, caí hacia atrás y al levantarme había desaparecido por la ventana de la terraza. Fui al cuarto y vi desde la puerta el cuerpo de mi cliente sobre la cama. Salí corriendo, subí al remis y me fui.-
- ¿Y no se le ocurrió que podía estar vivo y necesitar un médico, o llamar a la policía?
-No quería quilombos.
-Esos quilombos ya los tiene Peca; ¿cómo se explica que encontraran rastros de sus zapatos hundidos en la alfombre junto al cuerpo si no se acercó?
-¿Ahora también quiere que haga su trabajo detective? No tengo idea, a lo mejor eran otros tacos.-
-Claro, quizás eran del tipo que usted dice haber visto, debe ser facilísimo saltar por las terrazas con tacos altos, pero lamentablemente la profundidad de las marcas hablan de alguien que no pesa más de 50 kilos ¿Cuánto pesa Peca 45, 48 kilos? Con el hambre que trae quizás menos…
-¡Váyase a la mierda!-
El detective se ríe mostrando los dientes de lobo y entrecerrando los ojos de animal nocturno, sabe que avanza en su cacería.
-Porqué no la hacemos corta, podemos estar así por días Rusita, dígame que hizo ese enfermo para que quisiera matarlo, él tipo todavía está vivo y en cuanto recupere el conocimiento, y es seguro que lo hará, la va a hundir hasta las orejas, y olvídese de los favores de Rodríguez, en cuanto salga de este cuarto se la come cruda. Puede elegir el camino más corto, el de la mentira que sólo durará un par de desagradables encuentros con media seccional o ir por el camino más largo y quizás salvar el pellejo, usted elige Rusita.
-Elijo que se vaya al carajo, yo no tuve nada que ver con lo que le pasó a ese infeliz- Rusita se repite que ella nunca toma el camino más largo.
-Una vez más elije mal Rusita- El detective se le acerca y con palabras pastosas le dice: -Entiendo que sea puta, pero no la creía idiota-
-¡Idiotas ustedes que viven de la basura ajena porque sus patéticas vidas apestan!-
Peca se va desencajando y el detective avanza un poco más.
-Mi vida será patética pero no dejo que un ricachón me meta en la jaula, de la que después me saque sólo para hacerme su esclavita de tiempo completo.
Peca lo mira con ojos enajenados. El detective desliza una sonrisa prematura y la presiona un poco más.
-¡Pero que ojos más grandes tiene la Rusita! Se lo dice saboreando el momento.
-¡Son para ver mejor como te arrepentís de llamarme esclavita! Ella avanza sobre él.
-Pero que orejas más grandes tiene la mediocre de la Putita…
-¡Son para escucharte mejor cuando supliques! Ahora ella está a un paso.
-Pero que boca tan suelta tiene la muertita de hambre…
-¡Es la boca con la que voy a contar como te hice cagar detective de historieta!
Peca se mete la mano entre las piernas, saca un veintidós y lo descarga en el pecho del detective, quien cae al suelo en un quejido sordo de animal medio muerto. En ese instante, entra Rodríguez, ella le devuelve el arma y, después de besarlo, le dice:
-Limpialo igual que al hijo de puta de Alcorta.


m.s.v.v

10 de septiembre de 2010

Chica Malbec - Grietas (2)

Un olor intenso crece, sí, la caída huele a seca madera incendiada, a pasto quemado, a humo asfixiante; aparecen las figuras de unos hombres discutiendo, los sonidos de un vidrio estallando, los fragmentos girando en formas irregulares por el aire a una velocidad deforme hasta que los filos se alineaban desafiantes, de pronto todo se detiene en seco y el miedo es horror, porque mucho más que el vértigo, la asusta la espera, aún ínfima del segundo previo a estallido, al fin millones de partículas diminutas que se esfumaban e el aire. Otra grieta, una lateral, se abre furiosa y la traga golpeándola violenta, una caída libre lateral en la que ya no puede sostener ninguna posición hasta que choca de espaldas contra un muro altísimo y el frío es mortal. Recién entonces, cuando piensa en la muerte, da contra el suelo. Sus huesos parecen llegar un instante después, cuando su espalda acusa el golpe que termina por despertarla. Una lamparita cancina titila sobre ella, tumbada junto a su cama, recupera la respiración, se sienta y ve los moretones en los brazos y en las piernas y piensa que de verdad esta vez estuvo cerca de que la mataran. Respetar las reglas, repite su cabeza como un mantra, respetar las reglas, nunca intentar resolver más de un encargo a la vez.

6 de septiembre de 2010

Chica Malbec - Grietas (1)



Corre desesperada, corre muy rápido pero no avanza casi nada. Siente la respiración de sus perseguidores, el aliento caliente en la nuca, un olor pestilente y nauseabundo le llega en ráfagas intermitentes. Las piernas se le contraen y los pinchazos que nacen en las plantas de los pies suben hasta los muslos. La callecita se va haciendo más y más angosta y los muros de ladrillo de los edificios son cada vez más altos, como si le fueran cerrándole el paso. Ninguna de las puertas de entrada a esos edificios idénticos tiene picaporte. La Jauría infrahumana que la persigue se acerca más y más y la callecita es ahora un pasillo de no más de un metro de ancho. Con los puños va golpeando las puertas que se repiten, todas iguales a ambos lados, todas clausuradas e indiferentes. Quiere gritar pero sabe que cuanto mayor es el miedo que demuestra, más fuertes y peligrosos se vuelven sus perseguidores. Tiene un ardor encendido en los pies y al mirarlos en la corrida se da cuenta que está descalza. Sigue con el pecho pegado a la columna y los hombros rozando las paredes. No logra ver hacia delante dónde todo termina, pero percibe que una sombra perseguidora está lanzándose sobre ella, y en el momento en que le va a caer encima, ella resbala por una grieta enorme y profunda, un pozo oscuro y húmedo, dónde todo es viscoso. Cierra los ojos y tiembla, por primera vez en años, desde la muerte de su hermana y de su padre. Se toma de las rodillas, se hace pequeña, casi un nudo en esa caída libre segura que pronto encontrará la muerte…

24 de agosto de 2010

CHICA MALBEC – Familia


Las noches se acortan, cada vez le cuesta más mantener las rutinas de seguridad.
Maneja insomne, el trayecto a la fiesta de aniversario es un descanso, en ese destino la esperan las pocas cosas buenas que le quedan, un hermano, unos sobrinos. Algunos recuerdos rescatables y conocidos pasables. La luz del celular marca su intermitencia, otro encargo, no esta noche- piensa. Sale en el segundo puente, entra en la casa y se abraza a su hermano. Se miran en los ojos igual de azules, no hay palabras, no hace falta, son gemelos, no las necesitan. Una sombra arrebata el brillo en los ojos pintados y los otros, idénticos, lo notan. Afuera en el jardín, la hija mujer de su hermano se le parece; se abrazan y la pequeña le presenta a su novio de apenas veinte, quien presume hombría diciendo que van a casarse. Algo se contrae, se tensa como las cuerdas. La noche avanza, bailan, ella no lo pierde de vista, él algo fumado y bebido la mira y la sigue. Ella sale a la calle, se sube al auto y deja la puerta abierta del acompañante. El novio nuevo sube confundido, cree que tiene algún efecto sobre las mujeres de la familia. El coche arranca y sólo se detiene cuando llegan frente al lago del country. Él intenta besarla, ella le tapa la boca con la mano, le venda los ojos, le desprende el pantalón, toma un trago de la cerveza que él trajo y se esmera con la boca entre sus piernas hasta que él le da todo, le tiemblan las piernas de deportista que no está entrenado para esto, entonces en un limbo dulce, la cuerda hace lo de siempre. No habrá absurdas bodas que sometan a su sobrina, no habrá imbéciles inexpertos tratando de esclavizar a una niña que se le parece tanto, a esa que ella fue antes de que la mataran en vida. Afloja la cuerda, lo lleva hasta el lago, así con el pantalón abierto y lo deja desaparecen en el lago.

m.s.v.v.
2010

12 de agosto de 2010

Bombones de Circe - La Grieta


Me estaba quedando dormida en la cama con una mala película corriendo en el DVD, cuando vi la grieta en la pared, justo sobre mi cabeza, extendiéndose sinuosa hacia el cielo raso. No recuerdo haberla visto crecer, en mi memoria, apenas si se vislumbraba unos centímetros por encima de la cama. Me siento y la miro de frente, la recorro con los dedos sintiendo como se abre la pared descascarada. La pintura no llegó a cubrirla más que dos meses, y ahora volvió. No fue poco el trabajo que me dio hacerla desaparecer. Me acuesto sin dejar que mis ojos la suelten, vigilándola, hasta que el cansancio me vence; lo último que pienso antes de perderme en la inconsciencia es que la grieta crece mientras duermo y lo hace alimentada de mis ideas, de las que surgen en mi cabeza justo antes del sueño profundo. Quizás también me esté robando los sueños, porque de hecho antes podía, al despertar, recuperarlos y traerlos con prolijo detalle a la conciencia; hoy, apenas si vuelven al abrir los ojos, algunas fotos recortadas y sueltas si posibilidad de reconstrucción alguna. Intento abrir los ojos pero no logro más que un leve parpadeo en el que borrosa, la grieta parece sonreír maliciosa.
Me levanto agotada con la luz del sol lastimándome los ojos. Parpadeo un par de veces soñolienta, me incorporo sobre mis codos y noto que la persiana de mi cuarto sigue cerrada, entonces veo el reflejo anaranjado sobre mis pies. Giro hacia atrás, y la luz entra por la pared de la cabecera a mi espalda, proviene de la grieta que, ahora, cruza todo el cielo raso y desciende por el muro que está frente a mí. Salgo de la cama de un salto sintiendo que dejé los pulmones entre las sábanas, sin dar crédito al tamaño de la grieta, entonces, algo más sucede, me veo en el espejo y no reconozco a la mujer del reflejo, me acerco a esa extraña que copia todos mis movimientos y mis gestos, la miro a los ojos y me pregunto quién es, qué hace en mi cuarto, y qué clase de vida tiene. Estoy confundida, no sé qué tengo que hacer, cuál es mi rutina, si alguien me espera, y por mucho que lo intento, no puedo recordar el sueño de anoche; vuelvo a ver la grieta, vuelvo a mirar el espejo; no sé ni siquiera cuál es mi nombre.

m.s.v.v.
Ago. 2010

6 de agosto de 2010

Chica Malbec - Encaje



El instinto es el único método de preservación. La mayoría se relaja en sus egos publicitarios y desoyen, desde las profundidades del inconsciente hasta la capa más superficial de la piel, todo lo que nuestro sistema de conservación intenta gritarnos.
El target, un largo cuarentón que viste y habla como uno de treinta, es predecible; finge horas extra sólo para tirarse a la puta de turno que espera su rápido ascenso. Los ojos siniestros sin lágrimas de la mujer del encargo, la empujan adrenalítica. Estaciona junto al único auto del subsuelo, se calza los guantes de cuero, abre la botella de vino y lo deja airear, es hora. Mientras camina, toma un buen trago de Malbec, lo sostiene en la boca un instante antes de tragarlo; la sangre se agita en sus venas en el pasillo que va a la oficina. Ya en el marco de la puerta abierta, se saca el tapado quedando en ropa interior y altísimos tacos negros; él,la boca abierta de los idiotas; ella, se lleva el índice a los labios. El tipo se reclina en el asiento, ella lo monta y sin soltar la botella, lo besa, lo desarma. Son tan fáciles, piensa. Siente su erección, lo mira y toma su segundo sorbo de vino, se lo da de boca a boca, deja la botella sobre el escritorio y pasa la cuerda por la nuca de su presa sin que la vea, y en un giro limpio, queda sobre él, sentada de espaldas con la cuerda cruzada en la garganta del tipo que jadea, mientras ella se inclina hacia delante. El idiota muere con su última erección y un hilo de Malbec corriendo por su comisura izquierda.

m.s.v.v

16 de julio de 2010

Bombones de Circe - Game Over



-¡Vos!-
-Sí, yo-
-Todo este tiempo fuiste vos.-
-Así es.-
-¿Y ahora qué?-
-Una vez dijiste: hay que matar el juego antes de que el juego muera.-
-¿Y eso que tiene que ver?-
-Ya no es divertido.-
-Entonces vas a matarme.-
-Voy a matar el juego.-
-Me vas a dejar.-
-Ya me fui.-
-No entiendo.-
-Yo fui la que le devolvió magia a tu vida de mierda y se hizo cómplice para que gozaras un poco, mientras ella recibía en la cama de ambos los beneficios de mi misteriosa presencia virtual.-
-Pero yo te amo a vos.-
-Exacto, por eso se volvió aburrido, cazada la presa ya no hay desafío.-
-Entonces vas a desaparecer.-
-Sí, yo y ella.-
-¿Ella?-
-Ella está muerta-
-¡Te volviste loca!-
-No, vos la involucraste en el juego, ella está muerta, yo maté al juego, y vos volvés a tu vida de mierda-

m.s.v.v.

Chica Malbec – Encargo




Se sienta en la barra de un bar, la noche se hace cómplice y eso le gusta; espera, ese es un don que fue construyendo con el tiempo, el Apple-Martini se agita y gravita hasta su copa delgada. La mujer entra y la busca por las mesas, la mujer es de las que jamás pensó en tomar una copa sola en la barra de un bar, ni ir sola al cine, ni manejar en una ruta sin más compañía que buena música; sin embargo, algo en común tienen, un hombre. No toma nada ni se sienta en la butaca, le deja un sobre, le susurra un nombre y se va. Lleva los ojos sin lágrimas pero siniestros, y es que ciertos odios que toman el cuerpo y son imposibles de esconder. Un nuevo trabajo, otra entrega. Termina su trago, se mira con el hombre que tiene al lado, hay tiempo, piensa, y sonríe.
-¿Querés otro o ya nos vamos? Él hace su intento, sabe que a una mujer que bebe sola en la barra, no anda con vueltas.
-Nos vamos. Le dice mirándolo divertida.
Se levanta y sale; él la sigue desconcertado, entre el miedo y la euforia; no tiene idea de lo que hace, pero la curiosidad y la belleza lo pueden. Quién no ha desoído alguna vez al instinto no sabe lo que es estar vivo.

5 de julio de 2010

Bombones de Circe - Desesperados


No duerme, no come, no ama, no nada. Anda en la oscuridad de la noche, arrastrando los pies en el barro de su alma. Él, encerrado en su cuartucho desgasta las paredes, se mastica las uñas, es un impotente rehén del miedo, pero miedo a qué se pregunta, a que no le guste, a que le guste demasiado, a enamorarse, a desilusionarse, a complicarse, a perderse… El miedo suele disfrazarse de múltiples interrogantes y así lo paraliza, como un idiota enjaulado, encerrado en su propio laberinto, sólo, infeliz. Sabe, las oportunidades se agotan, en algún momento ella dejará de insistir, algún otro se la llevará con mucho menos esfuerzo del que ella hace por acercarse a él; vencida por la inútil espera de que reaccione, alguien más saboreará sus mieles, porque es seguro que ella no dejará que se pongan rancias por la larga espera. Él lo sabe, presiente que el tiempo se extingue, que si se pierde el goce de tenerla sin tener que dar nada, se lamentará hasta arrancarse la cabeza. Suena el timbre, es ella, él tiembla; cobarde sigue inmóvil detrás de la puerta, puede olerla; apoya la cara contra la puerta y ella lo presiente, se enoja, golpea con el puño sin decir nada entonces él se agita y abre.
Ella lo mira sin aire, sin sonrisas de protocolo gastado, sin paciencia; él se hace a un lado para dejarla pasar y agacha la cabeza, y ese es el punto de quiebre, ella entiende, nunca va a moverse primero, se para frente a él, se acerca hasta que las agitadas respiraciones entrecortadas se rozan vulgares, el levanta la vista, ella no sonríe, no tiene tiempo, salta a su boca con urgencia, lo empuja contra la pared, y él despierta, no hay labios secos de preámbulo ni boca si lenguas, todo es ya profunda entrega, humedades instantáneas, frotes y aprietes sin control posible, sin ritmo, sin cadencia, es más bien un desgarrarse de hambrientos desesperados, y en esa lucha por saciar los apetitos, los dos se pierden, se abandonan, se entregan, se penetran, se lamen, se desquician. En un rato, tendidos en el suelo satisfechos, recuperarán la palabra y el aliento, pero siendo otros, distintos, sin miedo.
m.s.v.v.

Chica Malbec - Cuentas




Los árboles comienzan a sacudirse, mira al cielo y ve a los pájaros apurarse en un vuelo rasante, un perro también acelera el paso, saben, la tormenta los alcanzará en pocos minutos. Toma un taxi; el conductor la mira por el espejo retrovisor hasta que ella le devuelve por el mismo cristal una mirada asesina. El coche la deja a una cuadra y media. Todo lo que se escucha es el siseo del viento que crece sacudiendo los carteles y las ropas. Sube el cuello de su impermeable cuando las primeras gotas gruesas golpean en sus lentes oscuros. Camina pegada a la pared y sin siquiera titubear entra al edifico de la calle Coronel Díaz, donde el encargado se apura a poner la alfombra de hule sobre la carpeta de la recepción y no la registra. Sube por la escalera sin detenerse hasta el cuarto piso, apoya la oreja contra la puerta del B. Escucha pasos en su interior, pasos firmes de suelas de hombre. Fuerza la cerradura con dos ganzúas sin hacer el menor ruido. La puerta cede, el tipo está sentado viendo el noticiero con una cerveza en la mano. Cuando ya puede sentir su perfume carísimo de abogado exitoso, se da cuenta que aún tiene puestos sus lentes, y ella quiere que él la vea a los ojos. Se los quita, el tipo toma un sorbo helado, y cuando inclina la cabeza hacia atrás para empinar lata, la ve. Mucho antes de su sobresalto, ya tiene la cuerda tensa alrededor de su cuello, da manotazos en el aire pero ella lo vence con la fuerza voraz del odio; le susurra al oído sin soltarlo: -hola hijo de puta, te preguntás por qué, por Juana mi hermanita, la nena que atropellaste hace un año, esa que no viste porque una perra te la chupaba mientras ibas manejando empastado, no fue homicidio culposo y esto es justicia- Con las últimas convulsiones él entreabre la boca. Afloja la cuerda, la guarda, va hasta la cocina, elige el mejor Malbec de la alacena, lo abre, toma un buen sorbo, retiene algo de vino en su boca y camina hacia el sillón; se inclina sobre la cabeza del abogado y lo besa dándole de beber los restos del vino que guardaba en su boca; un beso de despedida, piensa, mientras apoya la botella sobre la mesa. Vuelve a ponerse sus lentes, cierra dulcemente la puerta, baja hasta la calle desierta y camina satisfecha bajo la tormenta.

m.s.v.v

25 de junio de 2010

Chica Malbec - Fisura


Las grietas comienzan como una pequeña fisura imperceptible que va creciendo silenciosa, como un eco lejano y apagado pero que puede oírse si uno no elige desconectarse del todo. Pero aún si miramos para otro lado, la grieta crece con una constancia metódica hasta quebrarnos.
El cementerio recién amanecía y ella ya estaba ahí con sus flores oscuras. Parada detrás de sus lentes negros, sin expresión detectable, casi sin respirar, enhiesta como el ángel que custodia la bóveda desde su techo, con su espada apoyada frente a sus piernas sostenida por ambas manos de la empuñadura, la cabeza inclinada sobre el pecho y la vista inquisidora, clavada en aquellos que deciden detenerse frente a la puerta del mausoleo; un ángel negro desde luego. Mira a través de los cristales de la puerta encadenada y un temblor imperceptible la sacude extendiendo la grita, pero ella sólo aprieta sus mandíbulas. Tira las flores secas y llenas de telarañas, deposita las nuevas, se traga las lágrimas una vez más, antes de quitar la vista del diminuto cajón que descansa en el interior de la cripta con el retrato de su hermana eternamente niña.
Desaparece por la avenida cuando el cielo anuncia otro día de tormenta y sus pasos firmes sobre los adoquines presagian una nueva muerte.

11 de junio de 2010

Chica Malbec - Protectriz



Hace listas para todo. Hay algo en listar que la tranquiliza, cuanto más tensa está, más listas absurdas hace. Está sentada en la penumbra de un escalón, hoy el ascensor le da claustrofobia, hay días en los que sólo puede subir por la escalera. Hace una pausa en el cuarto piso, prende un cigarrillo pero le da nauseas, lo apaga. Se mira las manos que aún le tiemblan y saca de su bolso la agenda, anota: pedir turno con la manicura. Tiene los dedos colorados, un par de uñas rotas con el esmalte saltado y esto último es algo que no soporta. Llega al sexto piso, entra en su departamento; va derecho al baño sin prender ninguna luz y comienza a llenar de agua tibia la bañera. Desnuda, se saca el esmalte y se borra el maquillaje de la cara, recoge su pelo con un gancho y esquiva su propia mirada en el espejo; camina hasta la cocina, se sirve una copa de vino tinto, enciende una lámpara y pone música. Vuelve al baño y bajo la palpitante luz de las velas que huelen a canela, se sumerge hasta quitarse la tensión, el olor a sudor ajena y la sangre de las manos que –olvidados los guantes- quedaron lastimadas por tensar la cuerda alrededor del cuello de Nacho.
Cuando se va a dormir ya olvidó su rostro, sólo persiste el reflejo de esquivar esa boca llena de mentiras con la que él había construido dos realidades bien distantes, una en cada margen del río: dos familias, dos mujeres, dos hijos, dos apodos, dos de todo. Ella, fue la tercera en discordia; pobre Nacho, no tenía idea, envanecido por un momento de gloria, se creyó capaz de tener ya no, dos de todo, sino de todo, tres.

8 de junio de 2010

Bombones de Circe


DestiempoS

“…como corso a contramano…”

Ella odia que la hagan esperar; aún así llegó tarde, volvió a perderse, como si temiera estar ahí, no por lo que podía pasar, sino por lo que sabía que no iba a suceder. Entraron al bar, él se disculpó y a ella le pareció perfecto; estaban solos, sin intrusos. Su primer autorreproche fue no haber elegido dónde sentarse, dudó, dejó que él lo hiciera por ella, y a partir de ese gesto mínimo, que puede parecer insignificante, una vez más, ella cedía el control de la situación alejando cualquier posibilidad de acercamiento.
Habló demás, él no dijo mucho. Todas las veces que deseo su boca sólo llegó a sus labios un poco de cerveza; volvió a hacerse tarde; volvió a sentir esa distancia incómoda, esa tensión indisoluble que no puede quitarse más que con sexo; volvió a dejarlo; volvió vacía de besos y abrazos necesarios para no sentirse fuera de lugar; volvió a desear perderse y lo hizo.
No logró dormir, no logró que su cabeza fuese benevolente y amaneció sin voz, como si lo no dicho, se hubiese atorado en la garganta hasta dejarla completamente muda.

7 de junio de 2010

Chica Malbec -Terapia-


Mira el reloj por tercera vez; faltan cinco minutos para y media; no toca el timbre, sabe, sería inútil hacerlo antes de tiempo, su terapeuta no responde jamás el portero antes de la hora exacta; tampoco prolonga la sesión más de los estrictos cuarenta minutos. No lo hizo aquella vez en que ella llegó quebrada y fue eso probablemente lo que evitó que él supiera, esos escasos cinco minutos en los que él no se dignó a contestar el portero eléctrico, hasta que ella se detuvo a ver el reloj pensando que había confundido la hora, después se detuvo a controlar la agenda pensando que había confundido el día, después se apartó del portero para mirar la entrada del edificio, pensando que había confundido la dirección, hasta que escucho la voz de él que decía su nombre seguido de la palabra: adelante. Cinco minutos evitaron que le confesara su primer asesinato. Ya es la hora, es el día, después de casi un año, tiene que saber que su compulsión por los hombres no se limita al sexo, sino a mantener el sano equilibrio entre los buenos tipos y los hijos de puta y así evitar que los segundos superen a los primeros.

2 de junio de 2010

Bombones de Circe


Borrosos

“era una alianza indestructible, nada une tanto como la certeza del fracaso común”

Juntos, se miraban los pies desnudos en el borde de la bañera. No hablaban, no querían decirse nada, no había nada más por compartir que el sexo imperioso que se habían dado. Cuatro años en la misma oficina de correos grisácea, cuatro años de los mismos viajes en el subte sudoroso, cuatro años de ver pasar parejas, amantes, ascensos, premios, casamientos, que nunca los tuvieron por protagonistas; dos vidas llenas de nada que sólo se encendían durante las noches cuando dormidos, el inconsciente les regalaba una vida en color. No se querían, no se gustaban, no se deseaban, pero los unía una persistente soledad. Después de la cena de fin de año en la oficina, después de beberse todos los restos de las copas que los otros abandonaban, después de perderse el último subte de la línea D, después de caminar por casi una hora, y mucho después de agotar las críticas irrisorias sobre sus mutuos jefes, se miraron en las pupilas huérfanas del otro y se besaron asmáticos; irrumpieron en la casa de ella, desgarraron prendas gastadas, y se desexuaron hasta el calambre.
Los pies se hundieron en el agua caliente, al fin no había nada más por escuchar, nada más por decir.

1 de junio de 2010

Chica Malbec -Crónicas-


Yoga

Sintió que entraba en ese estado intermedio entre el relax y el sueño, un limbo dulce que la desconecta de las otras mujeres, del instructor, y sobre todo, del recuerdo de la noche anterior. La música la transporta a otros planos, en los que se mezclan personas reales con los personajes que su cabeza inventa durante el sueño. A veces personas y personajes se funden; de pronto la cretina de su madre se convierte en una artista talentosa; su padre, en un periodista de renombre y su mejor amigo, en un psiquiatra brillante. Poco a poco, se transforman en personajes de películas, en superhéroes, en protagonistas espléndidos. Todos le dejan a ella sus miserias, sus lados oscuros, hasta convertirla en un ser peligroso. Suena un gong y se interpone una imagen sangrienta de la madrugada reciente, suena otro gong y ella vuelve a tocar el piso helado, suena un tercer gong y los personajes fantásticos la abandonan a su suerte; ella está de vuelta en el mundo real, se sienta en posición de buda y al abrir los ojos ve al resto de la clase mirándola aterrados; algunos están de pie contra la pared, otros se han ido. El instructor, pálido como el crepúsculo,tiene la mandíbula suelta. Entonces se da cuenta que habló, que contó cómo se deshizo de un hombre durante la madrugada.